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roberto zucco

El pequeño filósofo

Parejas

Parejas

En esto de la bellleza y la fealdad hay mucho de subjetivo. Escribo desde una cafetería con un gran ventanal a la calle. Veo pasar personas, que van y vuelven de sus quehaceres. Me fijo especialmente en las parejas. Son complementarias. Lo juro: no he bebido mucho.

  

Quiero decir que los componentes de las parejas suelen ser complementarios: igual de guapos y de feos, con excepciones, pero con pocas excepciones. Responden a tipos estéticos similares: parecida forma de vestir, parecidos ademanes, parecidas formas educacionales, aparentemente con parecidos coeficientes intelectuales, etc. Supongo que no estoy descubriendo nada nuevo, pero nunca me había fijado en esto tan detenidamente como hoy, y nunca lo había visto tan claro.

  

Si esto es así, Schopenhauer no tendría razón cuando decía aquello de que “cada cual ama precisamente lo que le falta”, sino que, por el contrario, cada cual ama lo más parecido a sí mismo, su exacta prolongación, su propio retrato.

Con excepciones, entre las que yo me encuentro. Yo amo exactamente lo que me falta, lo que me añade algo, lo que me mejora o lo que me empeora, lo que me complementa. Me voy a poner estupendo: yo amo lo que me niega.

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El toro de Tordesillas

El toro de Tordesillas

El otro día un amigo querido me invitó a comer en su casa de Tarazona, una población de la provincia de Zaragoza en donde he estado en varias ocasiones. Su madre nos preparó un sobrio menú a base de costillas y ensalada que estaba de rechupete. Merodeaba por la habitación la abuela de mi amigo, una señora vital y graciosísima, que viendo que no me terminaba la ensalada, me dijo: “termínate los tomaticos, que están muy buenos, que no hay que dejar nada en el plato, maño…”. Esa recomendación, que hacía tiempo que no oía, es muy frecuente por parte de personas mayores que vivieron no hace mucho alguna situación de conmoción social profunda, como en España  supusieron la  guerra civil y la posguerra, llenas  ambas de sinsabores y estrecheces.

  

Ocurre que en el viaje de vuelta caí en la cuenta de que precisamente en Tarazona, a finales de todos los meses de Agosto y con motivo de las fiestas de San Atilano, se celebra la llamada fiesta del “cipotegato”, un curioso personaje al que cientos de personas acribillan literalmente a tomatazos. El origen parece estar en el siglo XIII, cuando se soltaba un reo en día grande las fiestas y éste se ponía a correr para esquivar los pedruscos que le tiraban los vecinos entre risas… Pensé que con el paso de los años habíamos avanzado: de un acto violento en sí mismo, habíamos pasado a su representación simbólica con lo cual todos habíamos salido ganando. Supongo que en ese menester festivo actual, del que todo el mundo sale completamente manchado de rojo, pero no rojo de sangre sino de tomate, se emplean toneladas y toneladas de proyectiles frutíciolas ante la felicidad de la población en general, y de la abuela de mi amigo en particular, a la que seguramente no se le disparan los mecanismos sicológicos del otro día. ¿Cuál es la diferencia sustancial? ¿Cómo un simple "tomatico" abandonado en el plato le parece a esta maravillosa señora un dispendio inadmisible y, sin embargo, esa utilización de tanto "tomatico", que termina despanzurrado en las camisetas de los turistas, le parece algo perfectamente asumible por su conciencia?

  

La respuesta es evidente: en el segundo de los casos, el derroche se enmarca en el contexto de una fiesta “tradicional”.

  

La Real Academia de la Lengua define así la palabra tradición: “Comunicación de hechos históricos y elementos socioculturales de generación en generación”. Lo que el Diccionario no dice en absoluto, ni puede decir en ningún caso, es cuántas veces debe repetirse lo que sea para que estemos verdaderamente ante una tradición: ¿más de diez veces, de cien, de mil…? Y tampoco se mete en los berenjenales de si lo tradicional tiene que ser necesariamente bueno o malo éticamente hablando. Aplicando la lógica, habrá cosas tradicionales que para serlo precisarán menos veces, y otras que más. Habrá cosas que serán buenas o malas, independientemente de que sean tradicionales o no.

  

Pues bien, seguía yo con mis reflexiones “on the road” y pensaba: “Claro, lo que ocurre es que muchas veces la calificación de “tradicional” inviste a la cosa de una especie de inmunidad moral que, en algunos casos, es terrorífica. O dicho de otra manera, me gustaría examinar cosa por cosa para ver si, aunque sea tradicional, es justa y acorde con los tiempos, pongamos por caso. Porque la justicia es una categoría moral más importante que la tradición, considerada en abstracto”.

Como viera que mi diarrea filosófica avanzaba, le pedí a quien me transportaba que parásemos en una gasolinera para tomarnos un cortado...

  

Pero mi cabeza seguía a pleno rendimiento: "Veamos algunos ejemplos flagrantes. La llamada fiesta de los toros. Es tradicional, no cabe duda, en cuanto que repetida y enraizada en las llamadas "señas de identidad" de muchos lugares. (En otra ocasión intentaré examinar lo de las susodichas "señas" porque me parece que en ese concepto también se esconde una buena dosis de impostura...). Los toros, pensaba... Y claro, la fiesta de los toros, por muy tradicional que sea, no deja de estar cuestionada por muchas personas a las que, como a mí, les parece la tortura de un animal indefenso, en cuanto que menos inteligente y desconocedor de su destino, que el torero que lo está toreando. Es un abuso, realizado, en nuestra opinión, con crueldad y alevosía, perpetrado ante miles de personas a las que todo este asunto, desde luego, no les parece para nada una tropelía sino una sana y conservable tradición nacional".

  

Interrumpo aquí el relato de mis reflexiones. Precisamente ayer leo en El País una noticia estremecedora: “Tordesillas festeja la muerte a lanzadas de un toro”. En primera página se muestra la imagen de un animal sangrando y con la cabeza gacha, y a pie de foto se puede leer: “Casi una hora tardó Enrejado en morir. (…) Medievales corredores, a pie y a caballo, acosaron al infortunado Toro de la Vega, lo acorralaron y le dieron muerte de varias lanzadas sin permitir que informadores y fotógrafos registraran la agonía última del animal. El polémico y tradicional festejo está declarado de interés turístico”.

  

Cuando llegué a Zaragoza empecé a escribir algo que iba a ser el comienzo de un post sobre la tradición y que ha terminado siendo el final:

  

“Menos mal que no entendemos como tradicional arrear palizas a tu cónyuge, exterminar judíos en hornos crematorios, o violar a niñas en burdeles infantiles, actos que la inmensa mayoría consideramos abominables. Desgraciadamente se hacen mucho y a lo largo de mucho tiempo, lo cual no confiere a estos actos ignominiosos la categoría de moralmente buenos, aunque, si los mirásemos con ojos favorables, reunirían ciertos requisitos para poder ser considerados como tradicionales. Examinemos, por tanto, una por una todas las tradiciones y expulsemos de nuestro acerbo cultural aquellas que ya no se correspondan sino que expresamente contradicen los valores que defendemos como justos y necesarios en este momento de la historia”.

Si me hace caso la autoridad competente y pone en práctica mi recomendación, el Toro de Tordesilllas no volverá a ser torturado por unos individuos salvajes que se amparan en la tradición, valor que a ellos les exhime año tras año de analizar y poner en cuestión la idoneidad de su conducta.

Y añado: por mí podéis iros a la mierda con vuestras anacrónicas tradiciones.

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