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roberto zucco

Política internacional

Elecciones en la República Dominicana

Elecciones en la República Dominicana

Ayer por la mañana yo me encontraba en el aeropuero de Panamá más aburrido que una ostra y con la perspectiva de tener por delante casi tres horas de espera hasta que mi avion alzase magesuosamente el vuelo caminito de Buenos Aires. Como no sabía qué hacer, me di una vuelta por las instalaciones y encontré en la sala busness de Copa Airlines un centro de internet. Escribí un post sobre las elecciones en República Dominicana, lugar de donde había llegado minutos antes, y cuando lo hube terminado intenté buscar en Google una fotografía del presidente de la nacion caribeña, a la sazón Leonel Fernández, y que acompaña este mismo post. Cuando comencé la maniobra, el escrito misteriosamente se me borró. Nunca me había pasado, y la sensación de frustración fue tan enorme que se me quitaron las ganas de olver a intentarlo. Ahora, ya en el hotel bonaerense, no sé si tiene demasiado sentido reconstruirlo, pero lo intentaré.

Venía a reflexionar sobre los procesos políticos en España y en República Dominicana, y, fundamentalmente, en sus evidentes diferencias. Ayer no lo escribí tan claro pero hoy, después de haber dormido y recobrado fuerzas físicas e intelectuales, afirmo que se nota a la perfección el diferente desarrollo y concepto que de la democracia tenemos a uno y otro lado del Atlántico, y que yo prefiero la nuestra con todas las imperfecciones que, sin duda, tiene.

Venía a decir también que hace escasamente unas semanas sucedió un hecho lamentable: la presa de Tavera provocó más de treinta muertos en la región de Cibao, y en concreto en su capital, Santiago de los Caballeros, que es donde yo he residido los últimos diez días. Según parece, en la decisión de liberar el agua hubo indicios de negligencia, y, en cualquier caso, esa decisión fue la causante del desbordamiento, de las muertes y de la la destrucción de enseres, casas, cosechas, etc. Todo esto ha ocurrido escasamente a tres meses de las elecciones generales. ¿Os imagináis algo parecido en España? ¿Pensáis cómo podría ser el clima electoral, ya de por sí enrarecido y turbulento?

Dos sorpresas. La primera es que solo el candidato Miguel Vargas Maldonado, algo así como el representante de la oposición de izquierdas, ha osado insinuar que estas muertes podían haberse evitado. No es que diga explícitamente que haya que investigar nada. Solo que es una muestra más de la ineptitud gubernamental. Por cierto, a este Vargas Maldonado todo el mundo lo relaciona con la trama corrupta de Marbella, y con motivo del atentado en Pakistán, ha salido fotografiado en todos los diarios junto a Benazir Butho, en el seno de una antigua reunión de la Internacional Socialista. El Presidente de la República, por su parte, un hombre cabal y buen gestor, lejos de resentirse políticamente del desastre, parece ser que ha salido reforzado. ¿Cómo es posible? Pues muy sencillo: es el que más fotografías se ha hecho con viejecitas y niños embarrados, y con altavoces dirigiéndose a la población prometiendo ayudas gubernamentales. Y estas cosas en un país ajeno mayoritariamente a la reflexión política racional son determinantes.

Es decir, ya no es que no se haya utilizado el asunto como arma arrojadiza, es que, con pequeñas excepciones, el asunto ni se nombra.

La segunda sorpresa, al menos para mí, ha sido ver palpablemente cómo en algunos lugares de la tierra el debate político está descaradamente tamizado por la religión y las creencias religiosas.  Así, por ejemplo, en un spot navideño, Vargas Maldonado no tiene ningún empacho en relacionarse con la divinidad subliminalmente, reconociendo que él es "la esperanza". Otro candidato, Amable Aristy, batiendo el record de indigesto populismo, habla de los pobres (se presenta precisamente como su candidato...), y dice que no es ninguna casualidad que Jesucristo naciera entre ellos. Hasta Leonel Fernández, eso sí, en un tono más laico e institucional, termina el suyo con unas manitas de las que nace una velita navideña que sube hacia los cielos.

Intentad imaginaros una campaña electoral en España parecida a ésta...

 

 

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Ostentación calculada

Ostentación calculada

Estuve a punto de ir a Libia hace unos años, pero no pasé de Argelia. Siempre me atrajo ese país, no sé exactamente la razón, aunque siempre me atraen los países que han sido colonizados de manera permanente por diferentes imperios, y, finalmente, consiguieron su independencia. Y, como siempre me suele ocurrir, la atracción está en contradicción profunda con la persona concreta que rige los destinos de su población, en este caso Muammar al Ghaddaffi, alguien que, a diferencia de Sadam Hussein, ha conseguido escapar indemne de las iras de los presidentes de EEUU a pesar de ser siempre sospechoso, con mayores o menores indicios, de estar detrás de ese "enemigo en la sombra".

  

Viene esto a colación de la actitud de este dictador en Lisboa en donde se ha hecho fabricar todo un campamento base, para residir él y los doscientos miembros de su séquito mientras asiste la II Cumbre Unión Europea-Africa. Me he puesto a pensar lo que ese alojamiento puede costar a las arcas libias y después he leído algunos artículos sobre la economía del país, y su estratificación sociológica. Naturalmente me he llevado una gran sorpresa porque Libia se puede decir que es un país económicamente rico.

  

No sé si es muy riguroso lo que voy a decir, pero me parece que este país tiene un parecido sociopolítico considerable con Qatar en donde estuve ahora exactamente hace un año. Ambos son países que dependen de una única fuente económica, el petróleo en el caso de Libia y el gas marino en el de Qatar. Esa dependencia económica en un solo frente tiene sus peligros: cuando las cosas del mercado van bien, todo es magnífico, y viceversa. Ambos tienen una tasa de pobreza mínima (en el caso de Libia solo el 7% de la población), y ambos dicen que son democráticos y, en el fondo, son dictaduras más o menos encubiertas. Aún recuerdo la presencia del emir de Qatar en la ceremonia de inauguración de los Juegos Asiáticos, que a mi me recordaba a la de Franco en aquellas demostraciones sindicales del Bernabeu de los años sesenta.

  

En cualquier caso en lo que sí se parecen mucho es en la discriminación de la mujer en casi todos los aspectos de la vida, y en la ausencia real de libertades democráticas, que nadie parece echar de menos. En Libia está vigente la llamada Yamahiryya, que viene a ser como una democracia directa. Lo sorprendente es lo poco que todo esto le importa a la población, que vive en sus afanes y en sus cosas, alejada de los asuntos de la política y de la participación en las decisiones generales. En Qatar a cambio de ese silencio existía un clientelismo institucional de gran nivel. Todo el mundo calla porque todo el mundo está comprado por el estado. En Libia supongo que pasa lo mismo o parecido.

  

Si en una democracia los gestos y las formas son importantes, en estas dictaduras encubiertas y supuestamente civilizadas lo son también. La jaima de lujo de Gadafi cuesta mucho dinero, sí, pero  a través de esa ostentación, supuestamente motivada por las necesidades de su propia seguridad, se intenta transmitir una imagen al mundo de poder, dignidad e independencia nacional que a sus ciudadanos de a pié les parece también estupenda y comparten sin rechistar. Por la cuenta que les trae.

 
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Un mundo peor (lo visible y lo invisible como dialéctica del horror)

Un mundo peor (lo visible y lo invisible como dialéctica del horror)

Recordaremos siempre aquel día en que las torres gemelas se desmoronaron. La televisión, claro, estaba ahí, y de ese espectáculo dantesco cada uno sacamos nuestras consecuencias, una vez que esas imágenes se acomodaron en nuestro interior.

  

Seis años después ya sabemos que los norteamericanos han perdido una excelente oportunidad para reflexionar no solo sobre sí mismos sino sobre su presencia en el mundo. Desgraciadamente para todos han hecho una elipse intelectual, inducidos por la administración Busch y sus especialistas en explicar la realidad: sus televisiones, sus analistas orgánicos, sus intelectuales amaestrados, etc. Los resultados de esa elipse los conocemos todos porque es, al fin y al cabo, la doctrina oficial del imperio: el enemigo está ahí, agazapado y oculto. Al comunismo norteamericano también le pasaba un poco lo mismo: estaba por ahí, en los medios de comunicación, en las cabezas de algunos intelectuales... Para encontrarlo se designó a un duro oficial: el senador Joseph Raymond McCarthy que hizo un trabajo ejemplar. A este de ahora, busquémosle hasta en nuestra propia familia, hasta debajo de la cama. Y si no lo encontramos, imaginémoslo. El enemigo, como el demonio, es malo “per se” y un poco estúpido: simplemente desea el mal de los Estados Unidos, representante de los valores democráticos, de la civilización y el progreso. Nosotros no hemos hecho nada infame, el mal es un territorio de "ellos", de los malos, como si la vida fuera en definitiva una película de vaqueros. Y claro, a partir de ahí todos los excesos se deben entender y disculpar, porque en el fondo no lo son. Son mecanismos de defensa, guantánamos lógicos y necesarios para contrarrestar la ignominia.

  

Nada de autocrítica, pues. La política exterior de los Estados Unidos es la correcta y siempre lo fue. Nuestros valores son “los valores” y siempre lo fueron. Estuvo bien siempre nuestra participación en Vietnam, en Chile, en todos los lugares del planeta, como ahora en Venezuela, en donde se cuestiona lo incuestionable, y de forma especial, nuestra participación en la guerra en Afganistán (en donde ese enemigo se hacía más visible que en ningún otro sitio), y en Irak, en donde no estaba pero podía estar, armado hasta los dientes de unas armas de destrucción masiva que finalmente no estaban tampoco en ningún sitio.  Eso es lo de menos: lo importante es que nos hemos quitado de encima a un tipo que nos traía en jaque desde hacía bastantes años, desafiando públicamente nuestra visión de las cosas. Su ejecución esperpéntica y retransmitida al mundo ha sido todo un toque de atención para el resto de los subversivos del planeta.

  

En ese contexto de entusiasmo patriótico, poco importa que dentro de EEUU haya voces que gritan lo contrario. Ya las había en mitad del fragor de la batalla, y las sigue habiendo ahora porque Irak es un país que se autodestruye a golpe de atentado diario. El gobierno que se puso, un gobierno títere de los que EEUU es especialista en poner en los lugares que invade revistiéndolo de un olorcillo democrático que no impide oler, sin embargo, los cadáveres que deja despanzurrados por las calles. Esa voz discordante es la de una minoría, integrada por intelectuales no leídos, por cineastas no vistos, y por personajes mediáticos que lo son a pesar de lo que piensan. Para que esa democracia tan perfecta quede definitivamente legitimada, tiene que haber esa contestación insignificante, que no afecta a las masas, convencidas de que las cosas se hacen bien, se han hecho siempre bien, dentro y fuera del país.

  

Yo creo que desde ese momento el mundo ha ido a peor. Donde no había enemigo ahora sí lo hay. Enarbolando una bandera equivocada y una metodología reprobable, Al Qaeda es cada día más fuerte y su poder de influencia se extiende por países en donde antes ni era conocido, países que eran laicos hasta hace poco y que ahora han dejado prácticamente de serlo. Ahora es el brazo armado de los verdaderos enemigos del imperio y de sus aliados. Es un enemigo cada vez menos agazapado y oculto: ya es visible no solo en los lugares invadidos, en donde ha conseguido aglutinar a la resistencia y dotarla de un contenido ideológico compacto, y en donde cada vez será más difícil combatirlos. Allí, en esos lugares tarde o temprano, habrá que pactar con ellos, habrá que admitirlos a regañadientes en esas instituciones supuestamente democráticas, teledirigidas por occidente.

  

Nos faltaba un líder enemigo para tener ya el reparto terminado. El espantajo de Bin Laden ha añadido la invisibilidad a sus dudosas virtudes de guerrero implacable y aglutinador del descontento. Esa invisibilidad le aproxima a la perfección. Solo dios es perfecto: muchos dicen que está ahí, pero nadie lo ve. A dios, como a Bin Laden se le conoce por sus ausencias, y, paradójicamente, por sus obras. ¿Dónde esta Bin Laden? ¿Escondido en las montañas de Afganistán? ¿Qué está preparando esa cabecita siniestra desde un confortable apartamento de Londres o de la quinta avenida de Nueva York?

  

Seguramente muerto. Como dios. Por eso es tan peligroso. Porque Bin Laden está ahora en la cabeza de esos chicos argelinos dispuestos a matar a cualquier enemigo del Islam, está en Marruecos, en Torrelodones, en Londres, en Bagdad. En las mezquitas de todo el mundo se rumorea que Ala es dios y Bin Laden su profeta, o lo que es lo mismo, su propia prolongación en el mundo de los objetos y de los seres humanos.

Dios y Bin Laden están en todos los lugares de la tierra en donde haya un solo hombre dispuesto a matar por El, por ellos. Así fue siempre y así seguirá siendo. ¿No es EEUU un país conservador? Pues a conservar a los enemigos, a crearlos, a alimentarlos y, por último, a exterminarlos. Cuantas veces sea necesario, porque esa es la mejor garantía de la supervivencia de su propia fuerza interior.

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