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roberto zucco

Empezar a ser lo que soy (2) Beber.

Empezar a ser lo que soy (2) Beber.

 

De aquel grupo la persona que más se distinguía por intentar transgredir normas y límites era Luis C., curiosamente aquel chico que hacía de pequeño concursos de sabiduría por la ventana de la casa de San Ignacio de Loyola. Le gustaba no sólo la bebida, con la que también llegó a tener algún que otro problema, sino otras drogas más complejas. Que yo sepa, la marihuana y el LSD. Reconozco que la presencia de Luis, o lo que él significaba, me producía un punto de terror, me hacía ver un estadio peligroso al que yo no quería llegar. Era una especie de Jim Morrison –tocaba muy bien el piano-, y cultivaba una imagen de malditismo que me parece que fue perdiendo paulatinamente. A veces me lo encuentro paseando con Begoña, otra de “las vascas”, con las que convive desde entonces. Su aspecto físico sigue siendo el mismo, pero ahora me produce una tierna imagen de hombre maduro, conservador y precavido.

 

La marihuana no me ha interesado nunca. Supongo que, en gran medida, porque jamás he conseguido, ni tampoco he intentado, tragarme el humo de los simples cigarrillos. No sólo durante esos años he visto a mi alrededor fumarse unos enormes canutos, sino en casi todas las épocas. Lo supe después, pero en uno de mis matrimonios, la mujer con la que estuve casado tenía instaladas en los balcones de nuestra casa, que daban a una céntrica calle de Zaragoza, unas enormes y vistosas macetas en donde cultivaba marihuana. A mí me extrañaba mucho que de ellas no salieran flores, acostumbrado a ver crecer de manera exultante y primorosa los geranios de mi madre en aquellas macetas que ella regaba amorosamente. Cuando mi mujer y yo nos separamos y se las llevó, me enteré finalmente de su naturaleza real. Si cuento esta anécdota  es para demostrar mi escaso interés por este asunto de los “porros”, a pesar de que he visto encender millones a mi lado.

 

En cuanto a otras drogas, mi interés tampoco ha sido notable, con alguna pequeña excepción. Más bien, en el contexto general de mi vida, irrelevante. Dos veces tomé cocaína, y la verdad es que su efecto fue similar al de haber esnifado polvos de talco, es decir, ninguno. Y durante un par de fines de semana me tomé un par de ácidos, o lo que fuera aquel sucedáneo del mítico LSD que nos vendían los mercachifles de la cosa. Con esos supuestos ácidos me reía mucho, debo reconocerlo, pero que después me dejaban literalmente molido y sin fuerzas para levantarme de la cama los terribles lunes.

 

Yo creo que, en el fondo, este asunto de las drogas me ha producido un profundo e irracional temor. Siempre he tenido miedo a peder total o parcialmente la consciencia y a no ser enteramente dueño de mis actos. Confieso que soy de los que se preocupan mucho por no dar esa imagen que ciertos borrachos ofrecen, cuando desconociendo los efectos que el alcohol va ocasionando en ellos, siguen actuando como si tal cosa. Lo mío es pues una mezcla de temor y pudor a partes iguales. Esa sensación ya comencé a notarla en aquellas noches compartidas con nuestras amigas “las vascas”, en donde, por el contrario, me deleité infinitas veces con la euforia inteligente y vital que un par de buenas copas, ingeridas en buena compañía, provocan en los seres humanos.

 

Con “las vascas” todo fue bien, a lo largo de los años que duró nuestra lúdica y estimulante relación, hasta que empezamos a enamorarnos de ellas, o hasta que la relación de amistad comenzó a transformarse en otra cosa. Como siempre suele pasar, ahí empezaron a nacer las disputas, las incomprensiones y los desengaños. Y también esas rencillas, incluso entre el grupo de chicos, que provocan siempre los celos y las rivalidades. Pero hasta que esto ocurrió, la vida fue extraordinariamente generosa con todos nosotros, y nos obsequió con muchas horas de inteligentes y fructíferas carcajadas compartidas.

 

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1 comentario

lukas -

DE acuerdo con lo de las drogas, pienso como tú.
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