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roberto zucco

Empezar a ser lo que soy (y 4) El regreso anticipado.

Empezar a ser lo que soy (y 4) El regreso anticipado.

 

“Anatomía del realismo...” Los kilómetros van pasando, y los diferentes paisajes se amontonan en mi retina. Entre página y página recordaría las muchas veces en que acompañado de mis padres nos dirigíamos en trenes mucho más lentos rumbo a Torredembarra para pasar el preceptivo mes de vacaciones. Recordaría también lo mucho que atrás dejaba: amigos, cariño, compañía, mi cuarto, mi abuela Carmen, las juergas... Pensaría también en la inmensidad de Barcelona, los nuevos ámbitos en los que mi vida personal y universitaria iba a desarrollarse a partir de ahora, etc. Me recuerdo imbuido en una especie de extraña desolación, porque la balanza se iba inclinando extrañamente hacia atrás, es decir, hacia las ventajas y placeres conocidos en detrimento de los que se supone que iba a conocer.

 

A las puertas de la ciudad, el tren discurría por unas poblaciones obreras, en donde el gris de las paredes y las fábricas todo lo presidía. Era, me parecía, el espectáculo de la explotación, tal y como yo me lo imaginaba tras mis primeras lecturas marxistas. En concreto, al lado derecho de nuestra trayectoria, había una fábrica de productos químicos que lucía en su frontal la fórmula química S O4 H2 que, por esas curiosas asociaciones mentales que siempre me han torturado un poco, acabó por derrumbarme. Pero ya casi había llegado a Barcelona y me confirmaba como un emigrante académico.

 

El Colegio Mayor San Raimundo de Peñafort estaba situado al final de la Avenida de La Diagonal, justo enfrente del Palau de Pedralbes. Era un edificio funcional de ladrillo rojo situado al lado de otro, exactamente igual, en el que residían las chicas. Yo entré con una cierta preocupación, porque mis amigos me habían hablado con bastante crudeza de las llamadas “novatadas”, que, como todo el mundo sabe, son una especie de bromas fortísimas que los miembros residentes más antiguos tenían derecho a hacerles a los que acababan de ingresar, siguiendo el dudoso ejemplo de los cuarteles militares. Y yo, la verdad, estaba realmente asustado.

 

En efecto. Después de cumplimentar mi inscripción, pude darme cuenta de que el ambiente aquella noche era francamente peligroso. Se oían gritos y voces, y patrullas de universitarios con experiencia recorrían pasillos y estancias en busca de víctimas potenciales como yo. Por eso, tuve que reaccionar rápidamente. Dije a los pocos que me crucé que me encontraba muy enfermo y me metí en la cama a esperar acontecimientos.

 

Entre las sábanas, recordé nuevamente a mis seres queridos e hice un nuevo viaje imaginario en tren hasta donde yo me encontraba, falsamente enfermo y atemorizado. Aquel S O4 H2... Siempre asociaré la fórmula del ácido sulfúrico a la decisión que en ese momento tomé: me volvía a Zaragoza.

 

No ha sido la única vez en mi vida que he tomado decisiones radicales e imprevisibles. No tengo la conciencia de que éstas, tomadas por impulsos del corazón, hayan obtenido resultados peores que las tomadas después de una supuesta larguísima y sesuda meditación sobre sus pros y sus contras. Me maravillan esas personas que “se toman un tiempo para pensar las cosas...” ¿Cómo se pueden “pensar las cosas”? ¿Hay que irse a un rincón, alejarse de las personas y ponerse a pensar? Yo, con mucha frecuencia, cuando he tenido que “pensar las cosas”, he dejado sencillamente que pasara el tiempo y “las cosas se pensaran solas”, o, como en esta ocasión, he dejado que mi intuición fuera el faro que me guiara en mitad de las tinieblas. No quiero decir que estos procedimientos sean infalibles, ni mucho menos, y, sin duda, no son aplicables a todas las decisiones importantes, pero me molesta cuando alguien desdeña mi método tildándolo apresuradamente de irreflexivo. Peter Brook dice, con razón, que “las decisiones no se toman: brotan cuando se abre paso a través de las nubes de nuestros anhelos algo más esencial que nuestras propias ideas”.

 

Lo cierto es que la decisión estaba tomada y bien tomada, poniendo fin a un sueño y a un esfuerzo que me había tenido preso durante mucho tiempo. Seguramente esta decisión iba a costar dinero, o a que el ya gastado no surtiera el efecto que se le suponía, pero me sentía feliz y seguro de haberla tomado. Respiré relajadamente porque pensé que finalmente había acertado. Hoy, más de treinta años después, también lo creo. Aquella mañana en que amanecí entero, puesto que mi truco de fingirme enfermo había funcionado a la perfección, me dirigí a la Universidad y allí entablé los contactos necesarios y realicé los trámites precisos para estudiar la especialidad de Filología desde Zaragoza, manteniendo, sin embargo, mi matrícula como alumno oficial. Es decir, iría a Barcelona a examinarme de cada asignatura y en los momentos en que fuera necesario, pero residiría en Zaragoza, en donde enseguida pensé en matricularme en alguna otra disciplina.

Y así lo hice. Con una cierta habilidad, contacté con varias personas –chicas en su mayoría-, que iban a informarme de estas eventualidades académicas, y cogí, al día siguiente de mi marcha, el tren de regreso. Al llegar, no desaproveché la oportunidad de gastarle una broma a mis padres. Desde la cabina telefónica de abajo, hablé con mi madre para decirle que ya estaba perfectamente instalado, que le iría llamando todas las semanas, y que previsiblemente la próxima vez que nos íbamos a reunir sería en navidades...

 

La cara de sorpresa de mi madre cuando, pasados apenas cinco minutos de aquella despedida, me abrió la puerta, fue digna de la protagonista de una superproducción de Hollywood.

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Empezar a ser lo que soy (3) La elección de la especialidad

Empezar a ser lo que soy (3) La elección de la especialidad

 

Por aquellos años, la carrera de Filosofía y Letras se dividía en dos grandes fases: los dos cursos llamados “comunes”, que eran los dos primeros, y la especialidad, que abarcaba los tres últimos. La idea era que los primeros años proporcionaban una cierta cultura general y los tres últimos formaban ya en una disciplina o conjunto de disciplinas más específicas. Creo que ahora ocurre exactamente lo contrario, y supongo que el resultado será más o menos igual. Yo a estas alturas de mi vida desconfío absolutamente de todos los planes de estudios y creo que es la voluntad de estudiar, o mejor dicho, de aprender, y la sabiduría de los maestros para transmitir adecuadamente sus conocimientos (si los hubiere, naturalmente), los factores que, combinados en su justa proporción, realmente terminan capacitando personal y profesionalmente a las personas, “a pesar” de los planes.

Sea como fuere, a lo largo de todo este segundo curso fui concretando mi futura vocación universitaria hacia el estudio de la Lengua y la Literatura españolas. Yo creo que esto se debía a que en el fondo si la elegía estaba siguiendo un poco lo que ya realmente hacía de una manera bastante sistematizada: leer. Y eso, en principio, no parecía demasiado complicado. Por aquellos años no existía ninguna especialidad en Zaragoza que fuera en esa dirección, aunque algunos más tarde si fue posible hacerlo. Me salvé por los pelos, pues, porque yo lo que quería era intentar la aventura de la fuga. ¿Pero, de verdad quería eso una persona acostumbrada como yo a vivir instalado en el confort de su minúsculo núcleo familiar?

Un poco sí, y un poco no. Reconozco que quería era volar a mi aire, sin demasiada presión académica, aunque me costaba un gran esfuerzo dejar a mis padres, el paisaje de mis amistades y las tentaciones habituales de la noche en Zaragoza. En fin, sea como fuere, al acabar el curso eché todas las instancias necesarias para inscribirme en Madrid y Barcelona en las especialidades de Filología Hispánica, y creo que también de Historia Contemporánea. Debo aclarar que al término de este segundo curso mi expediente seguía siendo muy bueno, incluso excelente, dado que no había perdido mi capacidad para interesarme de verdad por algunas asignaturas, y copiar en las que ya sabemos. Por eso obtuve un resultado abrumador: me admitieron en todas las facultades solicitadas, pudiendo elegir ciudad, carrera y hasta residencia en varios colegios mayores universitarios. De entre todos los posibles, y ya elegida la opción de Barcelona, elegí el San Raimundo de Peñafort, en donde estaban alojados unos cuantos antiguos compañeros de colegio y del que tenía bastante buenas referencias.

Todas estas gestiones las hice una mañana acompañado de mi padre. Ambos siempre hemos recordado como si fuera ayer, cuando sentados en un velador del “Café Estudiantil”, en la Plaza Universidad, delante del magnífico edificio, rellené las instancias para matricularme en Filología. He pasado cientos de veces por aquel lugar, y no ha habido una sola que no haya recordado esa mezcla de ilusión e incertidumbre que, estoy seguro, el incierto futuro lejos de casa de un chico de veinte años, lleno de dudas y poseedor de alguna que otra certeza, que, al final iba a separarse de su familia y su ciudad.

 

Y llegó el día señalado. No recuerdo la razón pero sí algunas de las personas que me acompañaron a aquel TALGO que, si no surgía ninguna extraña novedad, me iba alejar de Zaragoza hasta las próximas navidades. Allí estaban, naturalmente, mis padres, y creo que Gerardo Z. y Chuchi. Como libro de cabecera para el largo trayecto de más de cinco horas llevaba “Anatomía del realismo”, de Alfonso Sastre. El tren se puso en marcha y mi familia y mis amigos quedaron en el andén de la estación de “El Portillo” que, por cierto, no existe desde hace muy pocos meses y en cuya cafetería nos habíamos corrido durante los últimos años unas juergas tremendas, pues no cerraba en toda la noche.

Empezar a ser lo que soy (2) Beber.

Empezar a ser lo que soy (2) Beber.

 

De aquel grupo la persona que más se distinguía por intentar transgredir normas y límites era Luis C., curiosamente aquel chico que hacía de pequeño concursos de sabiduría por la ventana de la casa de San Ignacio de Loyola. Le gustaba no sólo la bebida, con la que también llegó a tener algún que otro problema, sino otras drogas más complejas. Que yo sepa, la marihuana y el LSD. Reconozco que la presencia de Luis, o lo que él significaba, me producía un punto de terror, me hacía ver un estadio peligroso al que yo no quería llegar. Era una especie de Jim Morrison –tocaba muy bien el piano-, y cultivaba una imagen de malditismo que me parece que fue perdiendo paulatinamente. A veces me lo encuentro paseando con Begoña, otra de “las vascas”, con las que convive desde entonces. Su aspecto físico sigue siendo el mismo, pero ahora me produce una tierna imagen de hombre maduro, conservador y precavido.

 

La marihuana no me ha interesado nunca. Supongo que, en gran medida, porque jamás he conseguido, ni tampoco he intentado, tragarme el humo de los simples cigarrillos. No sólo durante esos años he visto a mi alrededor fumarse unos enormes canutos, sino en casi todas las épocas. Lo supe después, pero en uno de mis matrimonios, la mujer con la que estuve casado tenía instaladas en los balcones de nuestra casa, que daban a una céntrica calle de Zaragoza, unas enormes y vistosas macetas en donde cultivaba marihuana. A mí me extrañaba mucho que de ellas no salieran flores, acostumbrado a ver crecer de manera exultante y primorosa los geranios de mi madre en aquellas macetas que ella regaba amorosamente. Cuando mi mujer y yo nos separamos y se las llevó, me enteré finalmente de su naturaleza real. Si cuento esta anécdota  es para demostrar mi escaso interés por este asunto de los “porros”, a pesar de que he visto encender millones a mi lado.

 

En cuanto a otras drogas, mi interés tampoco ha sido notable, con alguna pequeña excepción. Más bien, en el contexto general de mi vida, irrelevante. Dos veces tomé cocaína, y la verdad es que su efecto fue similar al de haber esnifado polvos de talco, es decir, ninguno. Y durante un par de fines de semana me tomé un par de ácidos, o lo que fuera aquel sucedáneo del mítico LSD que nos vendían los mercachifles de la cosa. Con esos supuestos ácidos me reía mucho, debo reconocerlo, pero que después me dejaban literalmente molido y sin fuerzas para levantarme de la cama los terribles lunes.

 

Yo creo que, en el fondo, este asunto de las drogas me ha producido un profundo e irracional temor. Siempre he tenido miedo a peder total o parcialmente la consciencia y a no ser enteramente dueño de mis actos. Confieso que soy de los que se preocupan mucho por no dar esa imagen que ciertos borrachos ofrecen, cuando desconociendo los efectos que el alcohol va ocasionando en ellos, siguen actuando como si tal cosa. Lo mío es pues una mezcla de temor y pudor a partes iguales. Esa sensación ya comencé a notarla en aquellas noches compartidas con nuestras amigas “las vascas”, en donde, por el contrario, me deleité infinitas veces con la euforia inteligente y vital que un par de buenas copas, ingeridas en buena compañía, provocan en los seres humanos.

 

Con “las vascas” todo fue bien, a lo largo de los años que duró nuestra lúdica y estimulante relación, hasta que empezamos a enamorarnos de ellas, o hasta que la relación de amistad comenzó a transformarse en otra cosa. Como siempre suele pasar, ahí empezaron a nacer las disputas, las incomprensiones y los desengaños. Y también esas rencillas, incluso entre el grupo de chicos, que provocan siempre los celos y las rivalidades. Pero hasta que esto ocurrió, la vida fue extraordinariamente generosa con todos nosotros, y nos obsequió con muchas horas de inteligentes y fructíferas carcajadas compartidas.

 

Empezar a ser lo que soy (1)

Empezar a ser lo que soy (1)

 “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.

 

             Jorge Luis Borges

(“Biografía de Tadeo Isidoro de la Cruz”).

 

Como he tratado de explicar, la ruptura con mi novia oficial fue debida a la lejanía que poco a poco se fue creando entre nosotros. Esta situación se fue agigantando con el paso del tiempo, por cuestiones de índole intelectual y política, pero yo creo que las fundamentales fueron de orden estrictamente vivencial. Con ella me aburría por el día, pero las noches, sin ella, eran otra cosa. Eran el espacio en donde lo lúdico y lo intelectual se juntaban con una especie de extraña naturalidad, gracias a la presencia en mi vida de unas personas con las que compartía, y de qué modo, el mismo o parecido sentido de la existencia. Estoy hablando de Alvarito y de Chuchi, y en un plano un poco más lejano de Eugenio, Antonio y Jesús V.

 

Los dos primeros habían sido compañeros de jesuitas. Alvaro era un chico alto y desgarbado, muy inteligente, que estudiaba matemáticas, pero que sin embargo poseía también el frecuente hábito de la lectura. Chuchi había sido compañero de clase y de gamberradas. A ambos les unía la circunstancia casual de que vivían en el mismo bloque, muy cerca también de la calle María Lostal, donde yo seguía compartiendo piso con mis padres. Nuestra relación durante aquel periodo era diaria, y esperábamos impacientes a que anocheciera para concertar la cita habitual y perdernos por nuestros lugares favoritos hasta altas horas de la madrugada. Con ellos vivíamos, pero de manera francamente intensificada esa costumbre de trasnochar que empecé a cultivar en los últimos años del bachillerato. Eugenio y Antonio eran compañeros míos de Facultad, estableciéndose un puente de diversión y de ideas que en algunos momentos era realmente insuperable.

 

Y es que nos lo pasábamos francamente bien, y recuerdo aquellas noches como uno de los periodos más divertidos y creativos de mi vida. Los tres compartíamos muchas cosas: sentido del humor, gusto por la lectura, tendencia al insomnio y gusto por la bebida. Todo un cóctel que conseguía que las horas se nos pasaran volando.

 

Pero no sé cómo aparecieron “las vascas”, que eran amigas de Mercedes, la chica de Vitoria con la que yo había hecho aquellas primeras obras de teatro en el Teatro Universitario. Además de ella, estaban Begoña, Carmen O., y, en un segundo término, Carmen C. y algunas otras de cuyos nombres no logro ahora acordarme. Para colmo de  coincidencias, su piso de estudiantes, que fue durante mucho tiempo nuestro centro de operaciones, estaba en Madre Vedruna, es decir, en un punto medio entre los edificios en donde nosotros, la parte masculina de la pandilla, vivíamos respectivamente.

 

Se puede decir que aquellas chicas eran nuestro correlato femenino. Es decir, compartían con nosotros ese extraño punto medio entre la bohemia y el compromiso que para los demás era habitualmente inaccesible. Entre nosotros nació una relación nocturna, amistosa y profundamente lúdica, que iba a durar dos o tres años.

 

La verdad es que solíamos beber bastante y el alcohol fue la única droga que consumíamos de forma grupal. Creo que su consumo es bastante peligroso, es absurdo negarlo, y más cuando éste se convierte en un hábito diario de relación con el mundo. Por las informaciones que me han ido llegando al cabo de los años, sólo Mercedes ha tenido algún problema especial con ese asunto, pero yo creo que la razón hay que buscarla no sólo en la cantidad de litros de uno termina bebiendo, o la desigual resistencia de los organismos, sino en factores también relacionados con la forma de ser de las personas. Mercedes bebía como nosotros, ni más ni menos, pero creo que, al final, la bebida ocupaba un lugar central en su existencia y para nosotros era sólo un mecanismo peligroso de relación.

 

Siempre me ha gustado beber, precisamente porque jamás he dependido de la bebida. Las veces que he bebido no ha sido para olvidar nada, sino más bien para todo lo contrario: para subrayar lo que estaba viviendo. Alcohol y alegría han sido compañeros habitualmente inseparables, y, por si fuera poco, he tenido la inmensa suerte de poseer un hígado que me avisa frecuentemente, incluso con un cierto margen, dónde se encuentra el límite que está dispuesto a tolerar. Creo que en este asunto he sido cauto e incluso calculador, y que en muchas ocasiones he bebido menos de lo que parecía que estaba bebiendo porque, en íntima relación con mis vísceras, me he dejado las copas a medias mientras que los demás se las bebían hasta la última gota.

Chikilicuatre

Chikilicuatre

Mientras hago zapping me encuentro a Chikilicuatre interpretando ese bodrio de canción que este año representa a España en el Festival de Eurovisión. Ya puestos, me quedo, y veo las últimas actuaciones y la votación, que ya no es lo que era.

 

Recuerdo –todos lo recordamos-, aquellas noches en las que desde cada país de Europa, se votaba y en ello parecía irnos la vida. En un mundo precario en cuanto a tecnología y comunicaciones, este Festival nos parecía un auténtico milagro, y las votaciones, el ritual de una democracia extraña y lejana, que para los españoles era, por cierto, la única. El régimen de Franco se la jugaba cada año y aquel “La, la, la”, le vino muy bien a Massiel, pero le vino mejor a Franco porque desde España y a través de ese abrigo de chinchilla se daba una imagen falseada de normalidad, incluso de glamour, y de que en este país éramos muy marchosos y creativos.

 

Porque si entonces ir a Eurovisión era una cosa muy seria, ganar el Festival era una hazaña propia del mismísimo Viriato. En realidad hasta hace muy poco que participar y ganar todavía lo eran. Recuerdo que cuando Rosa, la cantante ganadora de la primera edición de Operación Triunfo nos representó, volvimos a sentir colectivamente otra vez una sensación de que nos estábamos jugando algo importante, como consecuencia de que ese programa significó una auténtica bomba. Por un momento pensamos que los demás conocían a nuestra querida concursante como nosotros la conocíamos y queríamos, después de haber competido durante meses con Bisbal y Bustamante, entre otros. Por eso, cuando quedó la séptima en Letonia en la edición de 2002, se produjo esa reacción tan airada y se alimentó nuevamente la teoría de la conspiración contra las esencias de la patria.

 

Para nosotros se ha mantenido inalterable una cosa y ha cambiado claramente otra.

 

Lo que se mantiene igual es José Luis Uribarri, cuya voz al menos parece que no envejece. En su retransmisión habla como si los países fueran grupos de colegiales traviesos que se votan unos a otros en función de la coincidecia en sus gustos y planes para los fines de semana. "Son como niños, los bielorusos...", parece querer decirnos cuando éstos votan a los letones. Lo curioso es que con ese paternalismo que le caracteriza hacia este festival tan querido para él, la mayor parte de las veces acierta en los pronósticos. Es decir, manejando estadísticas e intuición propia, casi es el único que ya sabe quien va a ganar, incluso antes de que los europeos voten y los participantes participen.

 

Lo que ha cambiado es la propia consideración del Festival. Mandar a Chikilicuatre es, además de una broma de dudoso gusto, un desafío a la propia ortodoxia y a las esencias que en otro tiempo se consideraban sagradas. Mandar a ese actor de La Cubana, haciendo un personaje que, según sus propias declaraciones, ya empieza a pesarle como una losa, es ir a perder directa e irremediablemente y, de paso, a reírse del propio festival.

Esto ha ocurrido en una edición en la que, a juzgar por las impresiones de algunos comentaristas, el nivel de calidad ha sido bueno, o mejor al menos que en años anteriores, lo cual subraya y cuestiona todavía más la estupidez de mandar a este señor que, por cierto, se ha quedado en el puesto 17, pero gracias a los doce votos amistosos de Andorra. ¿Son como niños los andorranos, verdad Uribarri...? Da la impresión de que la ocurrencia de Buenafuente ha derivado en bromazo que al final se han terminando tragando sus propios instigadores.

 

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Zaragoza no quiere ser de segunda

Zaragoza no quiere ser de segunda

Yo creo que en este momento Zaragoza y los zaragozanos estamos atravesando un momento de expectación. La ciudad cambia día a día, y después de unas obras que han contribuido a ponernos de mala leche durante semanas y semanas, aparecen, como por arte de birlibirloque, una nueva pavimentación, una nueva plaza, una nueva iluminación en la calle, y, sobre todo, el río Ebro. Porque, a diferencia de lo que les ha pasado a algunas de las grandes ciudades europeas que se han sentido orgullosas de su río, para nosotros el Ebro ha sido el gran oculto, o, en el mejor de los casos, un límite sicológico y urbano del que preferíamos prescindir en nuestras vidas cotidianas.

 

El otro día paseé por el río con mi hijo y ambos disfrutamos de esas nuevas riberas que conducen a la Expo, atravesando jardines, imaginativas fuentes y espacios de ocio. Miles de personas como nosotros reían alborozados, y escuché a un joven decir, imbuido de una extraña madurez reflexiva, que las generaciones anteriores no habían tenido la suerte de disfrutar de un paisaje que estaba tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Una nueva pasarela peatonal une los barrios del Actur y de la Almozara, cercanos en la distancia, pero separados históricamente por el río, que ejercía de frontera. Ahora hasta parece que los edificios de un lado y de otro se han dado la vuelta para mirarse a la cara, aburridos ya de darse la espalda durante decenas de años de mutua indiferencia.

 

Pues sí, Zaragoza está cambiando para bien. Son ya, sin duda, los primeros compases del "efecto Expo", que además de lo que va a significar en sí misma durante los tres meses de celebración, nos va a dejar un nuevo urbanismo, un parque metropolitano extraordinario y una transformación de las riberas del Ebro sencillamente espectacular, salpicada por intervenciones de los mejores artistas del mundo. A algunos nos gustaría que, además de todo esto, que es mucho, nos dejara también un cambio de mentalidad que nos hiciera ser más optimistas, más confiados en nuestras propias fuerzas, más abiertos y tolerantes, y más generosos.

 

Y, en ese contexto de esperanza, el Real Zaragoza acaba de bajar hace tan apenas unas horas a la segunda división del futbol español. El que se decía que era la mejor plantilla de sus setenta y cinco años –este año se celebraban, precisamente-, ha perdido hace unas horas un partido en Mallorca que, de haberlo ganado, hubiera mantenido al equipo en primera. Supongo que alguno de los que leen estas líneas puede calibrar el perjuicio que esto representa. No solo porque el futuro económico y deportivo de la entidad está ahora mismo en la cuerda floja, sino porque, en el momento en que escribo estas líneas, hay miles de zaragocistas con el corazón partido, como yo lo tengo.

Una nueva etapa...?

Una nueva etapa...?

Durante estos meses pasados no he escrito nada en este blog, y hoy, sábado por la tarde, solo en casa y un poco aburrido, entro en él y me pongo a escribir estas líneas que supongo que son el comienzo de una nueva etapa.

 

Como ya dije una vez, no hay nada más triste que ver un blog abandonado por su dueño, como si fuera un perrillo en mitad de la ciudad. Es un espacio desolado, y en donde se va amontonando la inmundicia, el polvo, los residuos, y, esporádicamente, algún comentario, escrito por algún lector que entró por casualidad preguntando: “Hay alguien ahí…?” Y no, dentro no hay nadie que pueda contestarle. Hace poco estuve visitando las ruinas de Belchite, ese pueblo aragonés destrozado por las bombas republicanas durante la guerra civil, y me acordé de mi propio blog con un cierto sentimiento de culpa.

 

En el mío no ha habido nada nuevo desde que reproduje estos versos de Angel González el día de su muerte.

 

Me gustaría volver a escribir cada día, o al menos eso creo ahora. Como ya he dico en alguna ocasión, empecé en esto por pura casualidad: una tarde de domingo leí en El País que “el fenómeno de los blogs era uno de los más relevantes en el mundo de internet en Estados Unidos”, y, llevado sobre todo por la curiosidad, me encontré metido en ese mundo casi sin pretenderlo. Hasta ahora he tenido tres blogs, y en todos he utilizado como seudónimo el nombre de Roberto Zucco, ese personaje de asesino misterioso ideado por el autor teatral francés Bernard Marie Koltés y que da nombre a una de sus escasas piezas.

 

El primero (www.roberto_zucco.blogs.com) se mantuvo durante los dos primeros meses de 2005, y me sirvió sobre todo para diseñar los temas sobre los que iba a escribir en el segundo (www.robertozucco.bitacoras.com). Este llegó a tener una cierta repercusión en esta indefinible audiencia de la blogosfera. Gracias a él conocí a algunos amigos y amigas. Y cuando digo conocí, digo conocí. Fue un periodo de dos años extraordinario, acumulé casi trescientos artículos, y esa pequeña obligación de escribir no solo no fue para mí una carga, sino, por el contrario, fue algo que sirvió para disciplinarme, para enseñarme a mí mismo a hacerlo cada día un poco mejor. En algunos momentos el blog de Roberto Zucco fue una plataforma de opinión sobre temas variados relacionados con la cultura, la política, la literatura, el teatro, etc. Recibía muchos comentarios al día, desde España y Latinoamérica, y eso me obligaba a su vez a ponerme las pilas y seguir escribiendo. Fue estimulante para mí y creo que para algunos fieles que esperaban con cariño mi siguiente entrega para sumergirse conmigo en el debate o simplemente para leerme en la oscuridad discreta del anonimato.

 

Pero estas cosas van unidas a las experiencias personales que uno va teniendo en la esfera de la vida real, valga la expresión. Mi vida se agitó en lo personal y en lo laboral y ambos aspectos fueron acaparando demasiado mi paleta de pinturas y de temas. En cuanto a lo primero, comencé a vivir una experiencia sentimental que eclipsó otros aspectos de mi vida, y ahora me doy cuenta que mi blog se convirtió en exceso en una crónica sentimental de mí mismo. Abandoné los temas que más interesaban a mis lectores habituales y conté en exceso los pormenores de una relación que atravesó momentos de zozobra motivados por el origen de mi pareja y su situación de ilegalidad en España.

 

Coincidió ese periodo con un cierto hartazgo de bitácoras, la empresa que alojaba mi blog, que se estropeaba un día sí y otro también, y en donde colgar un post nuevo se fue convirtiendo en una especie de odisea. Y me pasé aquí, a blogia (www.robertozucco.blogia.com), en donde seguí escribiendo en la dirección apuntada manteniendo la mayor parte de las secciones que había creado en mi anterior morada. Pero fue el declive porque en esa ocasión mi trabajo, muy absorvente e intenso, me obligó a viajar, a reunirme, a pelearme con mi jefe, y toda esa actividad me fue robando el tiempo y restando paulatinamente la motivación.

 

Primero fue la frecuencia en escribir que se fue espaciando lentamente: de hacerlo todos los días sin dificultad alguna, pasé a hacerlo cada dos días, cada tres, cada semana… Paralelamente los temas, que se iban acabando poco a poco. Consecuencia de ambas circunstancias, escribir se fue convirtiendo en una progresiva pesada obligación que ya no me reportaba el placer del principio y que se fue transformando sencillamente en una carga insoportable.

 

Hasta que hoy, sábado por la tarde, mientras que en la televisión un locutor vocifera los goles del Barcelona ante el Murcia, ya descendido a la segunda división, y un día antes de que el Real Zaragoza juegue contra el Mallorca el partido de su salvación o de su condena, he entrado en mi último blog, y obedeciendo no sé que extraña voz interior me he puesto a escribir estas líneas que van a ser las primeras de una nueva etapa.

 

No me comprometo a nada porque no quiero decepcionar a nadie, pero asumo esperanzado la obligación -tierna y dura obligación-, de escribir para cuantos queráis leerme de vez en cuando.

Ha muerto Angel González

Ha muerto Angel González

Otro tiempo vendrá...

... distinto a éste.
Y alguien dirá:
"Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas".
Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

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