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roberto zucco

Juan José Carreras

Juan José Carreras

Estaba a punto de escribir sobre él en esa sección que quise llamar “Mi patria es mi infancia” y que intenta ser un resumen de mi vida. El es Juan José Carreras, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. Fue mi profesor de esta materia en primer curso de Filosofía y Letras allá por 1972.

 Yo no he tenido maestros, y si los he tenido no me he dado cuenta. Con dos excepciones, la de mi padre y la de este hombre. Los demás me han enseñado cosas, sin duda, muchas cosas, pero siempre he tenido la sensación de no haber aprendido, sino de que me he ido encontrando con cosas aprendidas. Otro día explicaré esta sensación que se resume con una declaración de autodidactismo del que, por si hubiera alguna duda, no me siento nada orgulloso sino que considero una de las causas principales de mis carencias intelectuales. Me hubiera gustado aprender, que me enseñaran, tener capacidad para asistir y aprovechar cursos, integrados en una enseñanza sistematizada. Pero no fue así. Tal vez porque no tuve suerte y tal vez también porque soy un tipo de persona al que los pupitres le adormecen. Lo que sé no sé porqué lo sé, y prometo que esta frase no representa un brindis al sol. 

En ese contexto de vaciedad pedagógica, en un momento especialmente importante de mi juventud en el que estaba empezando a angustiarme “porque nunca iba a ser nada en la vida”, me lo encontré a él y me trasmitió dos ideas a partir de las cuales mi interior se transformó. La primera idea tenía que ver conmigo. Me dijo algo así como que me calmara, que no viviera en un estado de ansiedad paralizante. Me habló de que el tiempo perdido no es el invertido en vivir bien, y que, desde esa perspectiva, yo no había perdido el mío. Eso me tranquilizó y me puso en la disposición de comprender la siguiente idea: la Historia es la historia de la lucha de clases y no otra cosa. 

Sus métodos de trabajo me fascinaron, él me fascinó. Nos tuvo tres meses analizando “Opiniones de un payaso”, novela del escritor alemán Heinrich Boll, Premio Nobel de Literatura en ese mismo año, algo que rompía con la tradición de dictar apuntes y estudiarlos como papagayos. Nos educó en la conciencia crítica y en nuestra propia responsabilidad como estudiantes y personas. Era un hombre muy accesible, y recuerdo que mi madre, que por aquel tiempo trabajaba en el registro civil, le hizo un favor relacionado con su pasaporte que siempre me recordó con gratitud. Una tarde de verano los recuerdo a los dos hablando de cosas inverosímiles y variadas. 

No deja de ser un sarcasmo de la Historia, o, mejor dicho, de la cronología de la Historia, que su muerte, de la que me entere nada más llegar de Qatar hace dos días, haya coincidiendo con la agonía de Augusto Pinochet, el asesino chileno que protagonizó uno de los golpes de estado más infames y crueles que podemos recordar, comparable al de Franco en España. Carreras nos dirigió el punto de mira hacia las revoluciones latinoamericanas, y nos hizo leer algunos textos de Salvador Allende, en donde encontré un nuevo sentido de la justicia y que me sirvieron en aquellos años, y todavía, para creer que la esperanza en un nuevo mundo no es una estupidez sino una obligación. Siempre asocié este cariño por Chile, un país en donde jamás estuve, a las enseñanzas y al ejemplo personal de este viejo profesor que ha muerto, sin embargo, demasiado joven. 

Carreras fue también un melómano y un gran amante del teatro. Algunas veces me habló de Brecht, cuya obra conocía a la perfección, con un sentido crítico inteligente y extraordinario. Aunque no frecuenté su compañía a partir de mi marcha a Barcelona para continuar los estudios de Filología Hispánica, a mi regreso siempre que lo necesité para algo lo encontré. Pues, como he dicho, su accesibilidad, corrección y simpatía eran el mejor camino para gozar y compartir de su erudición, y a veces de su sincero y firme desacuerdo.  

Tenía la casa llena de libros y el corazón, creo, lleno de alegría de vivir.

Qatar (y 4)

Qatar (y 4)

1. Al final no hubo visita al desierto porque las circunstancias climatológicas no mejoraron. Casi lo agradecí porque esta noche, entre pitos y flautas, apenas he dormido tres horas y esta mañana, mientras estaba desayunando con dos amigos españoles, me estaba cayendo de sueño, aunque la conversación ha sido realmente estupenda. El resto del día, pues, lo he dedicado a descansar, a hablar por teléfono con Bego, mi secretaria y amiga, a afeitarme despacio y a ver la televisión, o, mejor dicho, las televisiones. En realidad me ha ocurrido lo mismo que me pasó en Túnez hace unos cinco o seis años: no he salido del hotel más que para lo imprescindible. En aquella ocasión recuerdo los saltos de alegría que di cuando me enteré que el Real Zaragoza le había endosado al Madrid cinco golazos en el Bernabeu. Recuerdo que llamé por teléfono a mi padre y él también estaba exultante de gozo. Me voy esta noche de madrugada a Madrid en un vuelo que me dejará en Barajas, si todo va bien, a las siete de la mañana. Antes tengo una cena de alto nivel que espero se acabe pronto porque he quedado con Isa que hablaríamos a las once hora de aquí (cinco de la tarde de la República Dominicana), antes de coger el avión. Resumen: poco más que lo escrito. Ah, si... He conocido a un mexicano estupendo. (Querida Maty: México ha aparecido con fuerza en mi vida...!) Es camarero en uno de los restaurantes, y ya el primer día se comportó conmigo con una enorme gentileza. He ido hace unos instantes a despedirme de él y me ha hecho un diagnóstico increíblemente cercano al mío del espectáculo de ayer, que él sólo ha podido ver lógicamente por la televisión qatarí. Coincide en el diagnóstico de la frialdad técnica, sin emociones ni calor humano, con la excepción del momento del caballo trepando hacia las alturas. Le recuerdo lo del arquero de Barcelona y me da la razón. Un tipo interesante, inteligente y amable. 

2. En el aeropuerto. Un tostón, como casi siempre, lo de facturar la maleta. Algo pasaba y había un retraso considerable que se sumaba a la lentitud exasperante del personal de algunos aeropuertos. Ya en la zona de embarque me relajo, hablo bastante rato con Isa, con mi hijo, con su madre y con mi tía M, que está muy tranquila. Todos me dicen que no han visto la “hazaña del caballo”, prueba inequívoca de que lo que son acontecimientos mediáticos en una parte del globo en el otro nadie se entera y a nadie le importan, o casi.  Mañana estaré ya en Madrid por la mañana temprano y el día lo volveré a dedicar al descanso. Tal vez vaya al teatro.  

3. En el avión. Las simpáticas azafatas me han dejado desenfundar el ordenador y estoy intentando escribir en mitad de una zona de turbulencias bastante considerables. La verdad es que el avión se mueve mucho y los pasajeros que seguimos despiertos nos miramos con esa habitual cara de póker que se pone en estos casos. La primera vez que percibí esa sensación de pánico controlado fue regresando de mi primer viaje a Nueva York, a donde tuvimos que regresar realizando un aterrizaje de emergencia. La verdad es que yo antes estaría acojonado, pero son ya demasiadas horas de vuelo en mi vida como para no poder relativizar las cosas, incluidas estas embestidas de viento. Se me olvidó antes escribir sobre la cena. Tuvo lugar en un restaurante de auténtico lujo, situado en una zona alejada de mi hotel. Asistieron el Embajador de España y su mujer, que no paró de hablar ni un minuto, el director artístico de la ceremonia de ayer, David Hatkins y buena parte de su equipo, formado en gran medida por profesionales australianos. David nos enseña fotografías del espectáculo y se le ve relajado y feliz. Su hijo le mira con indisimulado orgullo. Sin duda ha obtenido un gran éxito personal que le va a asegurar para el futuro inmediato suculentos contratos. Me cae bien: es pequeño y de mirada enérgica, parece saber lo que quiere y ejerce esa autoridad de un modo férreo y sin contemplaciones, según me han contado. A las diez y media me espera en la puerta el coche que me conducirá hasta el aeropuerto. Antes me despido discretamente de la concurrencia y este hombre y yo nos fundimos en un abrazo de complicidad profesional que muy pocos de los presentes sabrán interpretar. Cuando el coche avanza por la carretera siento una profunda alegría. Veo los altos rascacielos construidos en el puerto, los edificios de las instituciones públicas, algunas mezquitas. Pasan coches lujosos a toda velocidad y pienso que todo esto será demasiado pronto un inútil recuerdo que no dejará en mí huella alguna. Lo único: el caballo. 

4. En Zaragoza. Aquello no podía acabar bien. A la llegada a Madrid mi maleta había desaparecido junto con muchas otras. Era domingo, como el día que llegué así a República Dominicana, pero el Corte Inglés estaba abierto. Medio dormido me compro ropa, demasiada ropa, y objetos de supervivencia. Regreso al hotel. Allí estaba esa maleta gris, práctica y fiel, que se pierde y aparece siguiendo no sé qué extrañas leyes del capricho de algún dios menor.