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roberto zucco

Las Terrenas

Las Terrenas

Van pasando las horas en República Dominicana. Es una adaptación lenta, a veces con un cierto punto de complegidad. Sin embargo he desarrollado a lo largo de mi vida una cierta capacidad para superar este tipo de retos personales. No tiene mucho mérito lo mío, la verdad sea dicha, porque en esta oacsión Isa me facilita las cosas de manera permanente.

Isa aquí es como un sargento de caballería, incluido un punto de mala leche que me sorprende en ella. Me hace gracia verla mandar a todo el mundo, a su familia, a sus amigos, a sus vecinos y, especialmente, a una cuadrilla de trabajadores que le están haciendo una casita a su madre. Ayer vino a cenar a nuestra casa Juan, el maestro de construcción. Es un chico muy negro, alto y delgado, con la cabeza muy despejada, culto, sensible y gran profesional en lo suyo, según parece. Hablamos de política, de las costumbres tan diferentes entre mi país y éste. El no ha cumplido los treinta y ya tiene cuatro hijos, con cuatro mujeres diferentes. Juan reconoce que eso es tremendo y que esos cuatro chicos en gran medida le han hipotecado su vida. Posiblemente esa sea la razón por la que no podrá venirse para Espana, que ha sido siempre su gran sueno. Mientras cenamos unas magníficas chuletas de cerdo que Isa ha cocinado muy bien y hablamos, fuera hay un incesante rumor de chicos jugando, de perros ladrando y de motos pasando a lo lejos.

Yo no había visto en mi vida una concentración de motos como la que hay en este pueblecito. En realidad se podría decir que cada habitante tiene una, más o menos buena, para desplazarse por los caminos llenos de lodo, puesto que no deja de llover, y por las escasas carreteras asfaltadas. Las Terrenas es chiquito en cuanto a población, pero sus dimensiones son enormes. Nosotros vivimos en el corazón de la población autóctona, en una casa que Isa alquiló cuando vino hace un mes y diez días, y a los gringos los vemos pasar en sus motores confortables y sus artefactos todoterreno. Cuando vine aquí hace unos meses sentí una cierta verguenza de ser europeo. Me molesta esa arrogancia del dinero, ese desprecio que los turistas, alemanes y franceses principalmente, tienen por los habitantes de aquí a quienes tratan como esclavos en algunas ocasiones. La imagen de un alemán con las piernas encima de una bella mesa de madera colonial se me quedó grabada en la retina el otro día en Santo Domingo. También me irrita la pasividad de estos últimos con respecto a los primeros.

Nada más, de momento. Isa hace papeleos matinales mientras yo escribo esto desde otro internet café en donde me encuentro yo solo. Este es más confortable y tranquilo que el anterior. Me entero de que el real Zaragoza no va a fichar más jugadores en el llamado mercado de invierno, y, sobre todo, leo con profunda indignación y tristeza que ETA haya vuelto a las andadas de la manera que lo ha hecho.

2007

2007

1.

Hace dos dias que llegue a la Republica Dominicana. Isa me esperaba en el aeropuerto de Las Americas. Los primeros minutos fueron de tanteo. Con lo que esta mujer y yo hemos vivido juntos, tiene gracia que nuestra primera impresión compartida fuera como de vergüencilla adolescente. Nos mirabamos de reojo, como los jovencitos que han quedado en una cafeteria por primera vez en su vida. Estaba mas gordita, muy guapa y un poco desorientada. Estamos ambos desorientados. La distancia y el tiempo desorientan. Muy pronto comenzamos a recuperar la normalidad entre nosotros, en nuestra manera de estar juntos, hablando o en silencio, durmiendo o paseando. Estamos en ello. Que diferencia de la vez en que llegue solo y sin maletas apenas hace tres meses y todo fue raro, frio y asfixiante al mismo tiempo. Ahora todo es mas normal, y, ademas, el calor es menos intenso.


Estuvimos dos dias en Santo Domingo y paseamos por la zona colonial, compramos ropa y algunos regalos y tomamos unas cervecitas. No salimos mucho del hotel, en gran medida porque ambos estabamos francamente cansados. Yo últimamente no dormia en Zaragoza por la ansiedad de volver a verla. Ahora escribo desde Las Terrenas, en un Internet café en donde yo soy el unico blanco. Tengo a cuatro delante de mi que utilizan un mismo ordenador y se lo estan pasando de puta madre escuchando una especie de rap raro que debe ser haitiano. Isa se esta haciendo la manicura, algo que aquí cuesta cuatro perras, mientras que yo reviso los correos, leo los periodicos, escribo esras lineas, y me relajo un poco. 

2.

Se ha muerto el padre de mi amigo Javier. Cuando lo supe, me lo dijeron a traves de un SMS, me emocione mucho. Me acorde inevitablemente del mio, de su muerte rapida y tremenda, como la de mi madre. Me acorde de que este puto 2006 que acaba cinco horas antes en mi pais se los ha llevado a los dos. El padre de Javier era joven, los mios no lo eran. Es igual, no hay manera de aceptar la muerte de alguien que quieres. Yo, Javier, entiendo perfectamente tus sentimientos. No solo los entiendo, me atrevo a decirte que los comparto. 

3.

Me llama Isa por telefono. Me pasa a buscar en media hora. En casa de su familia, que ahora es la mia, se afanan en la cocina preparando la cena de esta noche.  Estreno familia. Pero alli hay personas a las que quiero. Mi hijo, que esta cada dia mejor, cena con su madre y la familia de ella, mi tia M estara sola, y mis amigos, la mayoria escépticos con este tipo de celebraciones, tomaran las uvas y pensaran tal vez en mi. 

4.

Seas quien seas el que leas esto, te deseo que lo que viene sea mejor que lo que se va. Para mi va a ser muy facil.

Cenas de navidad

Cenas de navidad

1.

Un amigo me escribe: “Roberto, te felicito los días posteriores a la navidad, porque en estos no me es posible”. Con este espíritu escéptico yo solía enfocar estos días navideños, sus prólogos, sus fechas señaladas y sus epílogos. Nunca supe porqué, pero la navidad jamás me terminó de gustar, tal vez porque supuso siempre un molesto paréntesis en la rutina del colegio, del trabajo, de la vida normal, que es donde verdaderamente me ha gustado estar instalado.

 

Sucede, sin embargo, que este año las circunstancias de mi vida han dado un giro de ciento ochenta grados con respecto a la situación de hace 365 días. Ya no están las personas con las que siempre compartí esas noches, y que, a modo de compensación, la vida me hizo coincidir con la que actualmente es mi compañera, aunque ahora se encuentra al otro lado del Atlántico. Todo esto le confiere a estas fechas un carácter de estreno de un nuevo capítulo en mi propia vida y eso siempre contiene un grado de incertidumbre. No sé, no sé...  me siento bien, aunque tristón, bastante ansioso, expectante, esperanzado.

  2.

Cuando hablaba de los prólogos me estaba refiriendo a las cenas prenavideñas, que suelen organizarse entre amigos del colegio que hace tiempo que no comparten pupitre, o compañeros de trabajo que actualmente participan del mal rollo o buen rollo laboral.

  

Este año no ha habido cena del colegio y lo siento. Desde que Emilio P. dimitió como coordinador del evento, por razones que no quedaron demasiado claras, lo cierto es que ya no veo a algunas personas con las que me une un lazo invisible de simpatía. Compartir un naufragio da para mucho y volver a ver a sus víctimas es una buena terapia contra el olvido.

  

Sin embargo, he tenido varias cenas de las segundas. Es decir, cenas organizadas por la empresa o por círculos concretos de compañeros y compañeras del trabajo, algo que yo no frecuentaba con anterioridad.

  3

Así las cosas, el miércoles cené con Emma, Isabel, Teresa y Lucía, cuatro compañeras, queridas amigas ya, que en todo momento me trataron como “una más”, y no evidenciaron nuestra flagrante diferencia de sexo. Si antes me parecían enormemente majas, ahora estoy a la búsqueda y captura de un adjetivo que les haga justicia, y todavía no lo he encontrado. Emma me encanta: pase lo que pase sabe estar en los sitios, mantiene una calma tibetana y todo lo que dice o hace pasa el control de calidad de la coherencia y de una sabiduría práctica que siempre me ha maravillado. Como Mayte es de Bilbao hay un primer peldaño que cuesta poco subir para relacionarse con ella. Ya en el entresuelo te das cuenta que sabe un huevo de lo suyo. En la azotea le has mirado el escote por el que asoma un gran corazón. De Isabel siempre pensé que un día la vida le dará un premio. Se lo merece por buena gente y buena profesional aunque ahora mismo atraviesa un periodo de crisis que, sin duda, va a superar pronto. Lucía fue primero una prometedora voz al teléfono desde Japón. Cuando la voz se hizo carne y habitó entre nosotros, pude comprobar que es lista, lista, lista. Y buena, buena, buena. Y generosa, generosa, generosa. Ella sabe porqué digo esto.

 4

Y hace dos días tuve la gran cena de la empresa donde trabajo de vez en cuando. La cena vino precedida por una jornada de convivencia de esas que se organizan en las grandes empresas americanas y que a algunos nos parecen auténticas bobadas. No hay convivencia mejor que irse a un bar a contarse la vida, o directamente a la cara, sin intermediarios, animadores ni técnicas infantiloides para que “cada uno saque lo que lleva dentro”. Yo, lo que llevo dentro, lo saco cuando me da la gana y sin esfuerzo alguno, excepto si me ponen precisamente un par de cretinos para intentar sacarlo.

  

Por la noche cenamos, como digo, en un hotel céntrico de la ciudad. La mayoría de los comensales nos desconocíamos por completo, puesto que a lo largo de los últimos meses ha habido un importante número de incorporaciones. Gente, en su mayoría, “joven y muy preparada” en sus respectivos terrenos profesionales. Como siempre ocurre, nos fuimos acercando al centro de la pista los corazones afines, que con un par de tragos se hacen todavía más afines. En medio de la verbena nos quedamos, pues, los escépticos, los humanistas, los que sabemos llorar de vez en cuando, los que nos pasamos el día riéndonos, los que compartimos un parecido sentido del humor, los que no nos fallaríamos nunca, los que tenemos al amor en un alto concepto, los que nos caemos de puta madre, los que cuando alguien está triste, como yo estas navidades, aparecen de vez en cuando, de puntillas, sin querer molestar demasiado, para recordarme que siguen estando ahí: además de las cinco anteriores, Javier, Eva, Isabel, Begoña, Alfonso, Angela, Elena, Paco...

  

Ahí mismito.

Mi patria es mi infancia.

Mi patria es mi infancia.

  En realidad mi abandono de esta pintoresca actividad deportiva ocurrió afortunadamente cuando ya le había tomado la medida a la nueva facultad y a la nueva carrera universitaria y había adquirido una cierta costumbre de madrugar.   En aquella nueva Facultad, “la fábrica de harinas”, comprendí muy pronto que había personas que me daban cien vueltas en algunos aspectos en los que precisamente me creía insuperable. Fue una lección de humildad que me sirvió también para constatar lo que ya sabía: que en el colegio de los jesuitas no había aprendido casi nada.

La característica común de todos estos chicos era la de haber estudiado en centros públicos, y no en colegios como el mío. Allí me encontré con gente que había leído mucho más que yo; gente con una preparación política muy superior a la mía, y gente, en suma, mucho mejor formada para afrontar unos estudios de carácter humanista. Mi referencia fue enseguida un tal E.C. (“Lalo”, para los amigos), que era un tipo gordo y muy poco agraciado físicamente, pero que poseía un poso cultural extraordinario y una excelente capacidad para comunicar y servirse en público de sus conocimientos. Recuerdo que a él le oí por primera vez hablar del “Ulises”, de Joyce, en unos términos de auténtico y contagioso entusiasmo.   Pero, sin duda, la gran sorpresa de aquel primer año la constituyó el hecho de conocer a  Juan José Carreras, Catedrático de Historia Contemporánea, y escuchar atentamente sus lecciones. En realidad, además de una sorpresa, aquello constituyó un acontecimiento de gran importancia para mi desarrollo personal e intelectual posterior. Como decía en el post que le acabo de dedicar con motivo de su muerte, acaecida tan solo unos días, es tal vez una de las dos personas, junto con mi padre, a las que considero mi maestro.   Aquel hombre me inspiró desde el primer momento confianza y simpatía. Era muy correcto en su trato y llegaba a clase relajado y sonriente. Los primeros días los dedicó preferentemente a desmenuzar la novela “Opiniones de un payaso”, de Heinrich Bool, a quien acababan  de conceder el Premio Nobel de Literatura. La verdad es que desconozco si además de esa coincidencia había alguna razón de fondo para hablarnos de la obra de el novelista alemán, aparte de que este hombre aporta una lúcida reflexión sobre el nazismo y sus consecuencias morales y políticas, pero me encantaba escuchar a aquel hombre que no parecía tener prisa alguna en adentrarnos en el programa oficial de la asignatura, si es que lo había.   Mientras duraron estas lecturas y a lo largo de todo el curso, Carreras nos quitó todos los prejuicios sobre el estudio de la Historia, cuestionando en primer lugar su propio concepto. En ese sentido, sus clases fueron toda una revelación. Comprendí muy pronto que lo importante no era la acumulación de datos y batallas, sino conocer las causas que provocan los fenómenos sociales. Y de entre ellos, la más importante: la lucha de clases.  

Con esa nueva orientación, menos de fascículo divulgativo y bastante más exigente y científica, la Historia se convertía automáticamente en un conjunto de conocimientos que no solo me podía servir para comprender etapas del pasado, como la guerra civil española, sino para interpretar adecuadamente mi propia realidad exterior presente. Y eso era lo que a mí me hacía falta en ese momento de mi vida: un apoyo metodológico e intelectual que conectara con mi necesidad personal de comprometerme con el momento que vivíamos en España y que estaba marcado por un viejo dictador que se mantenía férreamente en el cargo. A partir de ahí todo se precipitaba hacia un cambio interior que me fascinaba y me aterraba a partes iguales. Comenzar a leer libros de Marx, revistas de orientación marxista, etc., fueron conformando despacio pero inexorablemente la persona que todavía sigo siendo.

  

Hoy veo aquel periodo de mi vida como un momento en el que Roberto Zucco podía haber sido de una manera y terminó siendo de otra. Es decir, creo que viví en una especie de encrucijada de caminos y que opté por seguir hacia un sitio concreto. Creo que esta vez al menos acerté.

Mi patria es mi infancia. "Contra Franco vivíamos mejor" (3)

Mi patria es mi infancia. "Contra Franco vivíamos mejor" (3)

  El día que entré en aquel aula de la Facultad de Filosofía y Letras se me calló el mundo a los pies. Era una más del llamado Edificio Interfacultades de la Universidad de Zaragoza, y su estilo era absolutamente diferente al de las de la vetusta pero al fin y al cabo elegante Facultad de Derecho que acababa de abandonar. Enorme, destartalada, funcional y pintada de blanco, la bauticé como “la fábrica de harinas”. 

Yo había tomado precauciones antes. Confieso que estaba francamente preocupado con mi futuro y estaba imbuido de una asfixiante presión conmigo mismo. Lo de abandonar Derecho lo interpretaba como un fracaso absoluto, y, entre pitos y flautas, consideraba que ya había perdido un par de años de mi vida si sumábamos el anterior el que me dedicaba a examinarme una y otra vez de aquellas malditas asignaturas de Preu. Lo que era seguro es que los que habían sido amigos y compañeros de colegio estaban empezando ya tercer curso y que yo, sin embargo, me disponía a empezar una nueva carrera universitaria. Estaba perdiendo puestos en la carrera ciclista de la vida y decidí tomar precauciones. 

Uno de mis principales enemigos ha sido la dificultad que siempre he tenido para madrugar. Sigo teniéndola todavía, y estoy convencido de que ese factor ha marcado en alguna que otra ocasión mi propia existencia en aspectos laborales y personales de enorme importancia. Levantarme a golpe de despertador ha supuesto siempre uno de mis problemas más constantes. Consciente de esa carencia, tenía que inventar necesariamente un sistema que me predispusiera y facilitara levantarme temprano con una motivación añadida para luego acudir a la nueva Facultad, y, de esta manera, no perder clases. Y la posible solución la encontré inscribiéndome en un gimnasio para recibir clases de karate.

Tal vez esto sea una de las cosas más pintorescas que he hecho a lo largo de toda mi vida, y desde luego, puedo asegurar que el remedio funcionó bien al menos durante algunos meses. Yo, ciertamente, no puedo considerarme como una persona que haya practicado demasiado deporte, a diferencia de mi propio padre. Sin embargo, creo haber tenido un cuerpo dotado de una notable flexibilidad y reflejos, que si hubiera sido entrenado de manera conveniente, me hubiera permitido ciertas posibilidades, incluso las que hubieran tenido un ámbito de expresión en el propio teatro. Siempre he sospechado que si hubiera nacido en Italia, por ejemplo, podría haberme especializado en encarnar el personaje de “Pantalone”, de la Comedia dell´arte, o que, si hubiera tenido más perseverancia, hubiera podido llegar a ser un buen jugador de tenis de mesa. (Aunque esto último sí que lo fui, en unos términos relativos). 

El karate me atraía por dos razones. La primera porque podía ser una buena manera de asegurar mi propia integridad, lo cual desde luego no era ninguna bobada atendiendo a mi estatura y a mi falta de fortaleza física. Y la segunda, porque lo oriental, un poco  en abstracto, tenía entonces para mí un cierto interés. De hecho ya me había comprado algún que otro libro divulgativo sobre el tema, y durante los veraneos en Torredembarra aprovechaba el tiempo para aporrear una columna de la terraza de nuestro pequeño apartamento  familiar que había revestido previamente con un almohadilla de pajas y que tenía un nombre técnico que se me ha olvidado por completo, con la esperanza de endurecer mis nudillos. 

Me matriculé en un gimnasio cerca de nuestra casa y me compré el correspondiente kimono. Todas las mañanas acudía con puntualidad a aquel lugar, me vestía ritualmente, y me adentraba en un mundo que desconocía por completo y que estaba constituido por una grandes dosis de competitividad masculina y un persistente olor a axila. Pero aguanté un tiempo. Justo hasta el día en que nuestro profesor decidió enfrenarnos en parejas. La persona que me tocó en suerte decidió no atender a mis deseos, y comenzó a propinarme una catarata de patadas y tortazos que sirvieron para hacerme cambiar inmediatamente de expectativas.  

Aquí se acabó mi prometedora carrera de karateca.  

Mi patria es mi infancia. "Contra Franco vivíamos mejor" (2)

Mi patria es mi infancia. "Contra Franco vivíamos mejor" (2)

 Y si esto estaba pasando en el exterior, dentro de mí, y coincidiendo admirablemente con estos hechos, se produce igualmente una revolución. Estos cinco años que vienen a continuación supusieron, además de otras cosas no menos importantes desde una óptica subjetiva, la toma de conciencia de esa realidad exterior, tanto en su ámbito nacional como en el internacional, y, consecuentemente, un posicionamiento humano, espiritual y cívico. En este sentido, no solo fue la muerte del dictador español lo que iba  producir esta perturbación, sino que otros acontecimientos actuaron como un poderoso revulsivo:  la llegada al poder en Chile de Augusto Pinochet, derrocando en un cruento golpe de estado a Salvador Allende, los últimos fusilamientos del franquismo con la conmoción en el interior de España y en el resto del mundo que provocaron, y la entrada en contacto con otras personas en el ámbito de la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, que me daban cien vueltas en rigor y preparación intelectual y política, las que me iban a dar un empujón hacia quien esencialmente todavía sigo siendo. Pero, paralelamente a esta toma de posición, se produce en mí, en este periodo, otro gran cambio. Un cambio que básicamente consiste en querer la vida en sí misma, en vivirla con la inmensa alegría de sentirme profundamente vivo, explorando los caminos y los límites que este inexplicable don nos presenta, a pesar de las penalidades propias y ajenas.  Política, en un sentido amplio de la palabra, y placer, como actitud filosófica, se unen desde ese momento en mi interior, en una mezcla fraterna que aún perdura y que supongo me acompañará, aunque tal vez vaya evolucionando hacia la nostalgia, todo el resto de mi vida. Precisamente por eso, el teatro, con esa dualidad interior que lo caracteriza desde la noche de los tiempos, representó para mí la vía de unión, el pegamento que hizo compatible lo aparentemente incompatible. Porque, a partir de ese momento, he conocido a demasiadas personas que, participando de ese espíritu solidario y comprometido con el mundo, tienen una cara de amargura que me ha repelido siempre. Y por el contrario, y en justa reciprocidad, he conocido a muchas otras personas “alegres”, que basan esa alegría en un alejamiento sistemático de la realidad, imbuidas en una burbuja de estupidez y banalidad. Todo esto me iba a suceder mientras el Presidente del Gobierno, Carrero Blanco, volaba por los aires en Madrid, asesinado en un tremendo atentado de ETA, Franco agonizaba, el Rey planeaba un proceso de transición democrática que muy pocos esperaban, y Santiago Carrillo, Secretario General de mi Partido, atravesaba la frontera francesa disfrazado con una peluca que hace solo unos años contemplaba asombrado Arthur Miller, horas antes de recoger el Premio Príncipe de Asturias, junto a Woody Allen, en una ceremonia que ya nos terminaba de homologar como una sociedad europea y democrática. Una sociedad impensable en el momento en que decidí abandonar mis estudios de Derecho y pasarme al edificio de al lado para comenzar Filosofía y Letras. Todas esta cosas me pasaron a comienzo de los años setenta.

Mi patria es mi infancia. "Contra Franco vivíamos mejor "(1).

Mi patria es mi infancia. "Contra Franco vivíamos mejor "(1).

 ¡Cuántas carreras y cuántos porrazos, pero qué divertido resultaba todo!                                                                  Fernando Savater.   

España iba a cambiar y yo también Se iba a morir Franco y empezaríamos a ser un país normal. Es decir: europeo, democrático, aburrido. Bendito aburrimiento... Alguien dijo que la libertad sólo se nota cuando no se tiene o cuando se pierde. “¿Libertad, para qué?”, se preguntaba Lenin, adelantándose a su modo a este tipo de reflexiones que solo pueden hacerse precisamente... en libertad.  

A partir de este periodo de mi vida y de la de este país, me di cuenta de todo lo que encerraba en su interior la palabra libertad (con su erre temblorosa, como dice el bello poema de Angel González...), y de lo que había significado, en realidad, vivir siempre sin ella, aunque yo no me diera cuenta exactamente de esta carencia. Se murió Franco… Una muerte esperpéntica, tragicómica en sus últimos episodios, por lo que hemos sabido muchos años más tarde, que en sí misma debería habernos conmovido a todos los españoles, pero que para una gran parte, entre los que me encuentro incluido, fue una buena razón para abrir unas cuantas botellas de champagne. Seguramente es la última vez en mi vida en donde sentí una profunda alegría por la muerte de un ser humano. No me arrepiento todavía de haberla sentido. 

En la historia del siglo XX español hay un antes y un después, marcado por esa madrugada del 20 de Noviembre de 1975. En mi vida hay dos: la muerte de Franco y, naturalmente, el nacimiento de mi hijo. A partir de aquella madrugada terminaron muchas cosas y comenzaron otras, a pesar de que hay cosas que nunca se acaban del todo. En mi memoria no podrá dejar de haber un rincón para el resentimiento. No puedo perdonar que nos apartaran del camino europeo, interrumpiendo una próspera y esperanzadora tradición intelectual republicana, que muchos españoles se tuvieran que marchar, esparciendo su sabiduría por el resto del mundo, pero privándonos de ella a sus propios compatriotas, que la muerte, el fusilamiento, el horror y la cárcel, fueran dejando paso a la mediocridad y a la ignominia, en un país exento de la posibilidad de expresarse y crecer. 

Vivir bajo el franquismo era como ir siempre con los calcetines sucios, escribió Manolo Vázquez Montalbán, definiendo a la perfección toda esa miseria material, intelectual y ética que representa ese militar gallego, emblema de una mediocridad muy generalizada, que la burguesía española aupó al poder para combatir la expansión de una clase obrera seguramente mal liderada por una izquierda que no calculó sus propias fuerzas y que, sin duda, contribuyó a dinamitar la incipiente e imperfecta democracia establecida el 14 de abril de 1931. Pero esta miopía de los partidos obreros que propugnaban un confuso ideal de progreso, equivocando frecuentemente su estrategia, y que tenía torpemente dirigida su mirada hacia la Unión Soviética, como supuesto modelo de perfección social, no justifica moralmente el alzamiento en armas de un ejército contra todo un país que se había dado a sí mismo una forma de legalidad republicana  a través de un proceso de transición milagrosamente pacífico. Haro Tecglen ha escrito: “Se dice que la República fue imposible, y el resultado parece probarlo. Sin embargo, no era una imposibilidad en sí misma o en su elaboración intelectual, sino solamente en relación con la fuerza de sus adversarios y con un clima europeo que oscilaba entre el fascismo y el conservadurismo pactante con él”. Así veo yo las cosas en un momento en que parte de la historiografía moderna busca razones para justificar lo que me sigue pareciendo injustificable.

Viaje fugaz

Viaje fugaz

1. Este va a ser el viaje más rápido, fugaz y probablemente absurdo que voy a hacer en mi vida a la ciudad que más amo. Para empezar en esa querida ciudad voy a estar unas cuatro horas, y la mayor parte del tiempo lo voy a emplear en empaquetarme en dos trenes y dos aviones, con los inevitables y frecuentemente molestos pasos anteriores. La razón de esta tropelía es de índole laboral, y deseo volver cuanto antes a casa porque mi chico y su perrillo “Boomer” me están esperando para jugar con la “play”. Me llevo una maletita que me compré en Madrid hace unos días, cuando al regreso de Qatar pensé que la otra, la gris estupenda que tanto nos gusta a Isa y a mí, se había quedado dando vueltas por el aeropuerto de Barajas hasta el final de los tiempos. Ahora tengo dos, la grande recuperada y otra pequeña, pensada de manera especial para llevar con ruedecillas el ordenador y algunos enseres personales.

2. Pienso en la decisión de tener un segundo blog. La verdad es que lo siento. Tengo cierto sentimiento de culpa por abandonar más de doscientos cincuenta posts como a su suerte. Sé que es una bobada, y que ahí se quedan siempre accesibles para quien quiera leerlos, pero, si normalmente le cojo apego a la ropa vieja y a los objetos de la vida diaria, cómo no tener un cierto cariño a esta cosa de difícil definición entre lo corpóreo y lo etéreo llamado blog. En cualquier caso seguiré con esta fórmula de mantener dos casas, como algunos maridos infieles pero ordenados, sin irme definitivamente de la primera hasta que vea que nuestra relación se ha hecho imposible.

3. Estos días me están pasando cosas agradables. No me gusta subrayar esta imagen de soledad y desvalimiento que estoy proyectando desde la marcha de Isa a su país, pero debo confesar que su ausencia y la tristeza de la que ahora soy mucho más consciente, consecuencia de la muerte de mis padres, me tienen bastante tocado. Por eso valoro enormemente ciertos detalles que ciertas personas están teniendo conmigo, tanto en la esfera personal, como en la profesional. Desde que escribí aquello de que me gustaría recibir sugerencias de cómo pasar unas navidades con cierta alegría no han dejado de llegarme  ofertas, invitaciones, ideas, sugerencias, planes, etc. Javier, Isabel, Eva y Bego me colman de cariño, cada uno a su manera. Mi nueva compañera Elena, a la que desde que hablamos por vez primera ya incluí en el “club de los seres queridos”, me dice cosas que me dan fuerza y confianza. Jaime, mi gran amigo de siempre, va a venir a pasar la nochebuena conmigo. Mi primita mexicana me atiende en la distancia aparente de los kilómetros y la cercanía real de un cariño nacido en lo más profundo de nuestros corazones. Amelia saca tiempo de sus quehaceres y problemas familiares y me llama por teléfono para interesarse por mí, y son muchos los que me abruman con variadas proposiciones de cenas íntimas y colectivas. Ahora el problema va a ser de agenda: me harían falta más días para poder estar con todos ellos, complacerles y agradecerles tanto detalle y consideración.

Pero cuento esto, de manera especial, porque pasaron apenas unas horas de cuando yo escribí aquel ruego para que A (sin su permiso no escribiré su nombre completo), propietaria y autora de uno de los blogs mejor escritos de entre los que leo, y residente en Zaragoza, me enviara un correo privado para invitarme a pasar con ella y su familia la cena de navidad. Me quedé de piedra, porque, además, los argumentos que empleaba para hacerlo los suscribo por completo. Me venía a decir, o así me pareció entenderlo, que nada mejor que una situación tan peculiar como esa merecía ser aderezada con un elemento más peculiar todavía. “Ponga un solo a su mesa”, podría titularse esta invitación si al final se convirtiera en moda social.

Pues bien, nada más llegar a mi ciudad he llamado a A para quedar con ella, su marido y creo que su hijo, a merendar mañana en una cafetería del centro. Allí le diré lo mucho que le agradezco esa propuesta. También le diré lo que ya le dije: me encantan sus maneras, su corrección, su generosidad desprovista de fuegos artificiales, que va discretamente directa al corazón del beneficiario, en este caso al mío. Será por tanto la tercera cita, después de conocer a Miss Calamity y a Gatopardo, de las que ya escribí hace bien poco, con personas sin cara pero con un alma evidente y tierna, a pesar de la electricidad que soportan.

  4. En casa. Se acabó un viaje absurdo, aderezado por la lluvia persistente que hizo que la mayor parte del tiempo lo empleara en coger en taxis. La gran ciudad estaba colapsada por la lluvia y por un frío intenso, y encontrar un vehículo que me llevara hasta el aeropuerto fue toda una aventura. Tuve que alquilar un "gran turismo" en la parada de la Gare du Nord que me costó un huevo. Le he cogido afición a hacer fotos y vídeos con el móvil: la gran ciudad ha sido tan solo unas cuantas fotos del Pont des Arts desde la ventanilla del taxi, y del Louvre cuando pasaba hacia Orly. Total: veinticinco minutos de reunión (no cuatro horas como pensaba) y veinticinco horas de penalidades diversas.