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roberto zucco

Ciudades de mi vida

Santo Domingo-Santiago de los Caballeros

Santo Domingo-Santiago de los Caballeros


1. Los trámites en el aeropuerto de El Dorado son lentos y difíciles, a pesar de que es el primero por volúmen de carga y el quinto en número de pasajeros de toda Latinoamérica. A estas horas de la mañana sus instalaciones están colapsadas de gente que se dirige a diferentes lugares del continente. Las indicaciones brillan por su ausencia, y, para colmo, en el momento de facturar el equipaje, una señorita me informa que todavía debo pagar un impuesto... ¡en dólares!. Para hacerlo debo perder mi turno, cambiar euros y regresar al punto anterior. Finalmente me subo en un avión de Copa Airlines que me deja en el aeropuerto de Tocumén, en Panamá, en algo más de una hora. Ahí compruebo que mi móvil no funciona, algo que me irrita porque ayer se me olvidó hacer un par de llamadas urgentes.

Pero bueno, ya estoy en otro avión que me deja en el Aeropuerto de Las Américas, de Santo Domingo. Al llegar se me agolpan los recuerdos. De manera especial los del último viaje: el insomnio, aquel gallo cabrón, las lluvias permanentes, el molesto lodazal de las calles de las Terrenas, y el comportamiento de algunos dominicanos que me sacó literalmente de quicio en más de una ocasión. Aquí estoy de nuevo en un país que no conocía hace apenas un año y que se ha convertido en una referencia importante en mi propia vida.

Me alojo en el Hotel Sofitel Francés, en la zona colonial. Es un edificio del siglo XVI que contiene sólo 19 habitaciones. La mía es amplia, de techos altísimos, pero no demasiado confortable. Al hotel le hace falta una reforma de servicios e instalaciones para equilibrar el precio. Lo mejor, el patio interior que sirve fundamentalmente de comedor al aire libre.

Estoy tres días aquí. En ellos paseo por la zona colonial, voy a restaurantes –como el Mesón de la Cava, en el interior de una gruta, en donde nos comemos una magnífica langosta-, y charlo con amigos y amigas. Todos ellos se quieren venir a España.

2. El taxista a quien conocí en el primer viaje me lleva con su guagua por las carreteras interiores del país en dirección a Santiago de los Caballeros. No para de hablar, de contarme anécdotas personales. Ayer, por lo visto, fue el cumpleaños de su nieto de cuatro años. A mí me encantaría que se callara un rato porque tengo un sueño de mil demonios y porque me gustaría contemplar en silencio los parajes que atravesamos, llenos de vegetación. Finalmente, a pesar de todo, me quedo dormido, y este hombre me despierta una hora más tarde diciéndome que estamos a las puertas de la ciudad. Nuestra cita es en el Macdonallds de la calle El Sol, la principal arteria.

Santiago de los Caballeros, capital de la provincia del mismo nombre y de la región del Cibao, es la segunda ciudad de la República Dominicana, tanto en población (unos 700.000 habitantes) como en importancia comercial. Wilkipedia dixit: “Santiago ha sido testigo de importantes eventos históricos. Cabe mencionar la Batalla del 30 de Marzo (1844) o Batalla de Santiago, con la cual los dominicanos consolidan su independencia y tuvo lugar en el actual Parque Imbert de esta ciudad. (…) Fue capital de la República Dominicana durante la Guerra de la Restauración (1863-1865)”. Pues eso.

Me alojo en el hotel Platinum. Lamentable. A media noche el “abanico”, es decir, el ventilador del techo, se pone en marcha sin encomendarse a dios ni al diablo. Llamo a recepción y sube un tipo, somnoliento y malhumorado, carente de imaginación. No consigue arreglarlo y se marcha sin darme ninguna solución. Se me queda cara de imbécil. Me subo encima de la cama, y atranco las aspas del cacharro con libros y revistas. Esta operación la repito las tres noches... Cuando todo parece en orden comienza una fiesta particular en una de las habitaciones cercanas. Vuelvo a llamar a recepción y un guardia de seguridad, con la misma convicción que el anterior, sube y habla con los moradores. Estos, no podía ser de otra manera, no le hacen ni caso y continúan riendo y cantando. Llamo nuevamente, y vuelve a suceder lo mismo. El silencio se instaura cuando la juerga ya no da más de sí. Momento en el cual, la pareja de la habitación de al lado se pone a follar ruidosamente. Esta vez no llamo a nadie, faltaría más, primero porque ya sé que es una pérdida de tiempo, y segundo, porque por muy esforzados que sean los amantes, la resistencia humana tiene sus límites, de lo cual hoy me congratulo aunque otras veces lo lamente... .

En Santiago estoy con una gente encantadora. Me llevan y me traen, y me enseñan el Monumento a los Héroes de la Restauración, erigido por el dictador Trujillo, obra del arquitecto Henry Gazon Bona y que se ve desde todas partes. Cenamos dos veces en el restaurante “Camp David”, situado en una montaña cercana, en donde se aprecian unas vistas excelentes, comparables a las del Tibidabo en Barcelona. Ahí mismo se exhiben algunos coches particulares del dictador. Por cierto, en este lugar tuve una conversación entrañable que dará pie, sin duda, a que revitalice la sección “Restaurantes definitivos” de este mismo blog.

3. Regreso a Santo Domingo. Me hospedo por unas horas en el Meliá. Es agradable que le conozcan a uno. Hablo bastante con el Jefe de Seguridad del Hotel, un exfutbolista de aspecto imponente, que me dice que es abuelo y que su hija vive desde hace años en España. También hablo mucho con una bellísima camarera del bar, fundamentalmente de cine, que es su pasión.

Por la tarde del día siguiente inicio el camino de regreso. Iberia se ha enrollado y no he tenido que hacer el camino inverso y volver a Buenos aires. Hubiera sido terrible. En el vuelo hablo mucho con la sobrecargo, una chica de Valladolid, alta, rubia e inteligente. Descubrimos que tenemos amistades comunes. Veo dos películas. Me gusta especialmente “El concursante”, opera prima del director gallego Rodrigo Cortés, con Leonardo Sbaraglia como protagonista, que está magnífico. Es una película inteligente, con momentos excelentes. No duermo. Escucho música y bebo cognac que me sirve amablemente mi amiga vallisoletana.

Amanece. Por la ventanilla del avión se ve Madrid. Se acabaron las vacaciones o lo que haya sido esto.

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Bogotá

Bogotá

1. Llego a Bogotá y me estan esperando en el aeropuerto de El Dorado. Un taxi nos conduce por una moderna autovia hasta el Hotel Casa Medina. El edificio es sencillamente magnifico y la habitación es realmente comoda, amplia y acogedora. El interiorismo de este sensacional hotel me recuerda el de la Fundacion Santa Maria, de Alcaniz, y con este dato tambien constato que me paso la vida buscando parecidos... Su encanto comienza con su condición de Monumento Histórico de Conservación Nacional. Fue construido en 1945 por Don Santiago Medina, quien combinó artísticamente las tendencias tradicionales de la arquitectura española y francesa, confiriéndole un diseño único. A partir de 1988 el edificio fue convertido en un hotel de gran lujo que ha conservado su arquitectura original.

Dejo las maletas y me doy una vuelta por el barrio de la Candelaria. Llego en taxi a un lugar en donde unos chicos están jugando un partidillo de futbol. Me han prevenido sobre la delincuencia en esta ciudad, pero a estas alturas de la vida ando sin miedo por el mundo y este creo que es el mejor antidoto contra posibles ataques y sorpresas desagradables. Hasta ahora he puesto en practica ese método de fingir indiferencia y me ha salido siempre bien, hasta en situaciones muy pero que muy complejas. Aqui no parece que los esforzados futbolistas vayan a darme un susto, pero los espectadores, ociosos y bullangueros, y con una pinta muy especial, ya son otra cosa.

Paseo y ya desde otro taxi contemplo los bellos edificios que circundan la plaza Bolivar, muchos de los cuales han sido sutilmente habilitados para albergar actividades culturales diversas. La primera impresión de esta ciudad no puede ser mejor. Por cierto, en el avion me acojonaron un poco con un slogan turistico: "Bogotá, dos mil sesicientos metros mas cerca de las estrellas..." Automaticamente resucito mi lado hipocondriaco, muy presente siempre, y me acuerdo del llamado mal de altura del que ya me habian prevenido en Argentina y que, segun parece, se manifiesta con mareos, vómitos, etc. La verdad es que pasan las horas y no noto molestia alguna. Mis ansiedades pueden aplazarse de momento.

Tras este paseo en taxi por la Candelaria me llevan a un barrio moderno en donde hay jovenes por un tubo. Aqui todo el mundo escucha merengue, cumbia y, sobre todo, salsa. David Bisbal suena de vez en cuando provocando el delirio colectivo. Este chico verdaderamente arrasa en latinoamérica. Me aburro un poco. Mis anfitrionas hablan de cosas que no conozco y yo me refugio en largos sorbos a la cerveza Club Colombia que acabo de descubrir y que me parece tambien excelente. Estoy muerto. Quiero irme a dormir.

2. Al dia siguiente viajo a Vadellupar, la capital del Departamento de César, al norte de Colombia. El vuelo es confortable, de apenas una hora de duracion. Alli me esperan unos amigos con los que ceno una vez dejadas las maletas en el hotel. La carne en Colombia ya he podido omprobar que es excelente tambien. Esta ciudad, fundada en 1550 por los conquistadores espanoles, desde siempre ha sido un centro de produccion agricola. Como enclave turistico no tiene nada de especial, o al menos asi me lo parece, excepto ser la capital mundial del Vallenato. Una vez al año, desde el 26 hasta el 30 de Abril, se celebra aqui el Festival de la Leyenda Vallenata, una macroconcentración de intérpretes y seguidores de esta subespecie musical que yo personalmente detesto.

Transcurren las horas en este lugar del planeta en donde jamas pensé estar. Me hospedo en el Hotel Vajamar, un sitio discreto, limpio y tranquilo. Por las mañanas bajo a leer al lado de la piscina y me tomo una cerveza. En realidad esta es mi única actividad pautada. Por las tardes me dejo llevar por las conversaciones, las cervezas, las excursiones, las sorpresas. Me llevan una noche, por ejemplo, a un paraje bastante bonito, en la orilla del rio Guatapuri, en donde han colocado una sirena dorada. Jovenes montados en camionetas descapotables escuchan musica a todo volumen y beben todo lo que pueden. Se rien, bailan, se cuentan cosas de adolescentes resabiados... De pronto, irrumpe una patrulla de la policia, manda callar todas las fuentes sonoras, y sus miembros comienzan a pedir la documentacion de todo el mundo, excepto la mia y de la persona que viene conmigo. Parece ser que esta práctica es frecuente y a nadie le sorprende ni le incomoda. Buscan vendedores de droga.

3. Bogotá de nuevo. Hotel Casa Medina otra vez. Ceno razonablemente bien: un paté de la casa discreto y buen pescado. Termino el libro entre las suaves sábanas de una cama de más de dos metros. Veo por tercera vez el partido de presentacion de David Beckham con el equipo de Los Angeles Galaxy. En realidad son veinte minutos en los que el futbolista ingles casi ni toca la pelota pero que todo el mundo espera como si fuera un acontecimiento decisivo en sus propias vidas. El interes del partido en sí es mínimo, y la prueba es que cuando David sale a calentar, ya avanzada la segunda parte, las cámaras dejan prácticamente de retransmitir las acciones del juego y se centran en sus carreritas por la banda.

Me aburro, y me duermo con la television encendida, como casi siempre. Cuando suena el despertador, seis horas mas tarde, están de nuevo retransmitiendo este insulso partido. Una hora mas tarde un taxista muy amable me lleva a toda velocidad por una autopista camino del aeoropuerto. Me voy a la Republica Dominicana. Me hubiera gustado estar más tiempo en esta ciudad. Todas las sensaciones que aquí he tenido fueron buenas.

Buenos Aires

Buenos Aires

1. No recordaba que a los aviones les cuesta doce horas el viaje hasta Buenos Aires desde España. Voy en bussines class con lo cual el calvario es menor. Pero una vez que se han acabado las películas interesantes, has escuchado dos veces la selección musical, has comido y merendado, etc, lo único que queda es dormir. Afortunadamente tengo mucho sueño y se me cierran los ojos de una manera natural. Me despierto en mitad del oceano, y poco después el aparato sobrevuela Brasil. Hace unas horas estaba en Moscu, he dormido en Zaragoza y ahora estoy sobrevolando America del sur.

Antes de reflexionar sobre si esta vida viajera me gusta o me cansa, llego a Buenos Aires. Es imposible no recordar que en el aeropuerto de Ezeiza, al llegar hace ahora dos años, cuando todavia estaba preocupado sobre si funcionaria o no el telefono movil, sono una llamada y era mi madre. Lo recuerdo con extrema nitidez. Era muy temprano en Argentina y esa voz estuvo en mi interior durante toda la estancia.

Decididamente todavia no ha aprendido a ser huerfano.

Esta vez hay también otras diferencias. Vengo acompañado con personas relacionadas con mi trabajo, y puedo desocuparme de las cosas de intendencia. Es curioso: cuando viajo solo estoy extremadamente atento a todo. Pero cuando voy acompañado, delego en el grupo absolutamente todas las funciones prácticas, de tal modo que, si me quedo solo, no me aprendo las ciudades, me pierdo por las calles y soy incapaz de regresar a un lugar que conocí el día anterior aunque este a cincuenta metros de la puerta del hotel. Hace un frio intenso. Nos espera un tal Miguel, y nos lleva directamente al Hotel Caesar Park que es desde donde empiezo a escribir este largo y unico post tras el primer día aquí. Hemos venido a ver los primeros ensayos de un espectáculo teatral que se estrenará dentro de diez meses y que requiere muchas horas de pruebas y ajustes técnicos. Como estos artistas argentinos, de los que no debo decir el nombre, son encantadores y amigos personales, la estancia promete ser agradable a pesar de las bajas temperaturas. Desde aquí me marcharé a Colombia por razones estrictamente privadas.

2. Tenemos una cena con nuestros anfitriones extremadamente cálida. Comemos carne, en sus múltiples variedades. Bebemos diversos vinos tintos argentinos que a mí me saben de maravilla. Me complace ver como uno de estos amigos se ha repuesto por completo de un grave accidente que tuvo hace unos meses en el teatro y que estuvo a punto de costarle la vida. A ese buen amigo, gran aficionado al futbol,  le he traído una camiseta del Real Zaragoza. Es el regalo recíproco al que él me hizo: una camiseta de su querido Boca Juniors. Me alegra verte tan bien, querido Arielito.

3. En esta ocasión Buenos Aires me produce una magnífica impresión, superior a la de hace un par de años. Creo que la recuperación económica empieza a ser un hecho, la gente sigue siendo cálida y amable, y la ciudad, a pesar de este frío polar bastante molesto, presenta un aspecto excelente. Es grande, hermosa, multicultural, llena de bellos edificios y lugares bonitos. Se nota por todas partes la influencia española, o al menos asi me lo parece. No es exactamente una influencia sino una coincidencia de identidades. Creo que, como decía Borges, a los españoles y a los argentinos solo nos diferencia una cosa: el idioma. Y es que los argentinos en particular y los latinos en general hablan mejor que nosotros y esto no es un brindis al sol sino una certeza.

4. Los dias transcurren con placidez. El hotel es excelente y el trato de todo el personal me sirve de necesario contrapunto al del hotel Kosmos de Moscu. Asistimos a los ensayos, compro camisas en unos grandes almacenes, paseamos, leo en la habitacion del hotel, una costumbre felizmente recuperada. Me escapo alguna que otra vez a un bar que me encanta y que conoci en el anterior viaje.

5. Ultimo dia. Despues del ultimo ensayo me tomo una cerveza con un cineasta argentino al que admiro profundamente desde que vi una pelicula suya en Canal Plus sobre la generacion argentina del Mayo del 68. Es una peli profundamente optimista, algo asi como el reverso de Las invasiones barbaras, otra pelicula excelente, en donde tambien se cuenta de modo inteligente y progresista las peripecias de unos amigos que se reencuentran al cabo del tiempo pero para despedirse de uno de ellos que ha tomado la decision de suicidarrse. En la pelicula de este hombre que tengo ante mi la decision es la de seguir viviendo con dignidad y alegria, aplicando con deportividad y elegancia en la esfera privada ciertas ensenanzas de aquella experiencia revolucionaria. Me gusto tanto que desde entonces he intentado seguir su carrera y he logrado ver varias maravillas. Los mejores actores argentinos estan en sus repartos, entre ellos el magnifico Dario Grandinetti, y la casualidad ha hecho que en su ultima pelicula, que se desarrolla en Sevilla y Buenos Aires, trabajara un actor amigo que me ha facilitado su direccion y su telefono. Llego a la cita con una hora de retraso porque la autovia desde el barrio de El Tigre esta colapsada por la lluvia. A pesar de lo cual este hombre me espera y me sonrie amablemente. He sentido una emocion intensa al conocerle y le he ofrecido un proyecto que le ha interesado mucho.

5. Cena de desdepedida en un restaurante de moda en Buenos Aires. Nuestros amigos nos agasajan de manera permanente y nos han querido llevar en el ultimo momento a un lugar donde la comida y los vinos son tambien excelentes. Alguien dice que la imagen del establecimiento es newyorkina y tiene toda la razon. Hay mujeres bellisimas por todas partes, vestidas con gusto exquisito. Es un lugar que resume bien la imagen de un pais que, como decia al principio, parece salir de una larga crisis. Por ultimo nuestros amigos pretendian llevarnos despues a una sala de tangos, pero todos estamos muy cansados y renunciamos. Mañana se dispersa el grupo: Salvador se va a Bolivia, Mar se queda en Buenos Aires y yo me voy a Bogota muy temprano.

Moscú (y 4)

Moscú (y 4)

Estoy en el restaurante del aeropuerto. Ernesto se ha traído a su chico más pequeño. Es un niño precioso, muy inteligente y completamente rubio. Comemos y hablamos de Ecuador y de España. Ernesto me ha ayudado a adelantar tres días mi regreso porque finalmente no hizo falta que yo viajara hasta Belgorod, una ciudad que siempre representara para mi una incognita.

Ayer me despedía de Nathalie. Nathalie y Ernesto, dos personas hasta ahora desconocidas que me serviran para introducir rostros concretos en medio de una ciudad desapacible e inmensa, en donde no debe ser nada fácil sobrevivir. Nathalie me dió algunas claves: empleaba una hora para ir al trabajo y otra para volver en el contexto ensordecedor de un metro lleno de personas malencaradas y descontentas con su suerte. Todo ese peregrinar subterráneo antes de de ser despedida por razones que no quiso aclararme y que yo no estimé oportuno preguntar, entre otras cosas porque me parece que en un lugar como éste la vida privada es considerada por la mayoría de las personas como su único tesoro personal.

  

Decía al principio de estos posts que Moscú intentaba cambiar de imagen, introduciendo diseño y glamour. En algunos lugares esto se ha conseguido plenamente, por ejemplo en la decoracion interior d el ballisimo restaurante Pushkin, en donde cenamos de maravilla la última noche. Pero al final del viaje me sobreviene un sentimiento de pesadez existencial. Han sido unos días raros, en donde por debajo de la realidad aparente latía una sensación de extraño país llegado a duras penas al espíritu democrático, con algo más que residuos de un pasado reciente lleno de comportamientos autoritarios, de una rigidez social que ha desembocado en el abismo de los desequilibrios socioeconómicos. Contemplé mucha pobreza en el metro, mucha suciedad en los parques, mucho alcohol en las pupilas, mucho mal rollo por las calles, y algo de luz, dulzura y  alegría en algunas miradas concretas y algunos jardines. Un cierto hieratismo personal disfrazado a veces de elegancia que tal vez esconde una tragedia interior no resuelta y que las putas del vestíbulo del Hotel Kosmos representaban de maravilla.

  

Moscú es una ciudad que necesita verdaderas y poderosas razones para venir a ella. Yo tenía varias, y una en especial: conocer unos lugares que mi imaginación de hombre de teatro se ha pasado la vida evocando: la casa de Stanislavski, el Teatro de Arte de Moscú y poco más.

  Desde ese punto de vista mi viaje ha sido importante y lo recordaré con cariño hasta el final de mis días. Y  ahora regreso a España para volar hasta Buenos Aires.

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Moscú (3)

Moscú (3)

La gente que nos dedicamos al teatro tenemos un gran respeto por la figura de Konstantin Stanislavski. Muchos no creen demasiado en lo que ha venido a llamarse su “método”. Incluso hay algunos que lo consideran superado y hasta peligroso. Pero otros creemos que en él están contenidos algunos de los hallazgos más importantes para comprender y practicar el arte de interpretar encima de un escenario.

  

En mi caso, al menos es así. Entiendo que muchas de las cosas que Stanislavski escribe son la consecuencia lógica de las circunstancias específicas de su tiempo. Por lo tanto, su aplicación actual es anacrónica y poco útil. Sin embargo, el meollo de su reflexión sigue vigente. ¿Cómo conseguir que un actor pueda incorporar y transmitir la sensación de vida real de su personaje encima del escenario, un lugar en donde paradójicamente es bastante difícil hacerlo? A partir de esa pregunta, Stanislavski elabora una serie de teorías en las que tiene en cuenta múltiples aspectos pero que podríamos dividir básicamente en dos. En primer lugar estaría la relación del actor consigo mismo: cómo entrenar el cuerpo y la mente para revivir y aprovechar adecuada e inteligentemente sus propias emociones y recuerdos. En segundo, la relación del actor con ese personaje que, en realidad, no es más que un montón de palabras a las que hay que dar una forma escénica en relación con otras y en relación a una acción dramática preestablecida desde fuera. Me he pasado muchos años de mi vida leyendo sus escritos, y he invertido mucho tiempo explicando a los que fueron mis alumnos mis propias conclusiones, intentando motivarles para sacar las suyas propias.

  

Por eso, sentí una emoción intensa en el momento en que entré en la casa en la que el maestro vivió durante sus últimos dieciocho años, desde 1920 hasta 1938, donde murió a los setenta y cinco, y en donde trabajó con sus alumnos/actores, especialmente cuando sus enfermedades le impedían salir a otro lugar. En esta casa/museo también se encuentran las dependencias de su mujer, la actriz María Lilina.

  

La mansión dieciochesca está situada en el centro de Moscú a escasos trescientos metros de la Plaza Roja. Se entra a la misma por una especie de patio interior y es necesario subir unos vetustos escalones de madera para llegar al primer piso. Allí nos recibe un hombre que nos advierte sobre la imposibilidad de hacer fotos a menos que se paguen cien rublos por cada una. La otra posibilidad es adquirir un folleto en donde todo está debidamente fotografiado.

  

En la entrada me llama la atención de manera especial una mesa de mármol blanco en donde el grupo realizaba su trabajo de análisis y reflexión sobre los textos dramáticos. Es muy interesante ver al lado el aula, una especie de pequeño teatro con unas sillas, un piano, y un sillón para el maestro en donde éste impartía sus clases. Pero lo más emocionante para mí fue penetrar en su cuarto de trabajo. Allí están, entre otros muebles y objetos, su librería y su escritorio de madera oscura en donde la dirección de la casa ha dejado unos papeles escritos de puño y letra por Stanislavski. A esta dependencia se entra por la mítica puerta que sirve para que sus alumnos comiencen a hacer adecuadamente sus improvisaciones y ejercicios y a la que se refiere una y mil veces en sus propios textos.

  

Cada una de estas dependencias nos fue mostrada por una persona diferente, todas ellas mujeres. Primero le explicaban a Nathalie de forma pormenorizada todos los detalles de las mismas, naturalmente en ruso, y, mientras, yo aprovechaba para leer una hoja mugrienta escrita en francés. Finalmente, mi amiga me hacía un perfecto resumen de lo que le acababan de contar.

  

De esa tarde en Moscú en casa de Stanislavski me acordaré siempre también de algunos pequeños detalles. En su cuarto de trabajo, además de un boceto escenográfico de Gordon Craig, un regalo de Isadora Duncan, etc, me llamó la atención por ejemplo una estatua de Don Quijote de la Mancha.

La tarde anterior, Nathalie y yo habíamos visto un espectáculo en el mítico Teatro del Arte de Moscú, el que fundara el propio Stanislavski con Nemirovich Danchenko en 1897. Allí vimos “La trilogía del dragón”, de varios autores y dirección de Robert Lepage dentro del Festival Chejov que se celebra habitualmente en verano. Excelente espectáculo, por cierto, en un lugar en donde el dramaturgo que da nombre al festival estrenara en 1898 de la mano de Stanislavski “La gaviota”, tal vez su texto teatral más emblemático y todo un manifiesto de intenciones estéticas por parte de ambos artistas.

Moscú (1)

Moscú (1)

El hotel Kosmos es un gigantesco edificio que alberga 1776 habitaciones y que fue inaugurado en 1980 con motivo de los juegos olímpicos. Desde la habitación 2512 en donde yo me alojo se percibe una magnífica vista de Moscú: el Jardín Botánico, la torre de la televisión, etc. Atardece. Delante de mí se expande una de las ciudades más grandes del mundo, una ciudad inabarcable, desmesurada, llena de maravillas, desdichas y de personas con pocas ganas de recibir a nadie, según se comprueba en todas partes. 

Acabo de llegar después de cinco horas de avión. En ese aparato de Aeroflot, y a pesar de que salio de Barajas (y en concreto desde la temida T4 en donde ya me han perdido dos veces la maleta), no se dijo por la megafonía interior ni una palabra de español durante ese periodo de tiempo. Esa va a ser, sin duda, la tónica de este viaje. Con mi precario inglés tuve que inventarme las respuestas a un cuestionario que las autoridades rusas han confeccionado para todos aquellos que pretendemos entrar en el país. Por otra parte, estos cuestionarios son idénticos de unos países a otros. 

El aeropuerto de Sheremetevo es vetusto y de medianas proporciones. La ceremonia habitual de recogida de las maletas que es tradicionalmente un coñazo, aquí tiene un punto suplementario de zozobra y ansiedad porque en ninguna de las cintas se puede leer la palabra Madrid. Sin embargo, por alguna razón la mayoría de los pasajeros están apostados en torno a la número 1 que en estos momentos descarga las maletas de un avión recién llegado de Viena. Coincido aquí con dos chicas canarias con las que compartimos número telefónico por si acaso. Esta curiosa solidaridad patria está basada siempre en el temor de que algo malo nos pueda suceder durante nuestra estancia. Ellas van a San Petesburgo dentro de unos días, y yo me voy a Belgorod, que es una ciudad que nadie conoce y a la que nadie va por lo visto sin una necesidad específica o profesional. Adelanto que no nos llamamos, por lo que deduzco que a ellas les fue bien y adelanto que a mí también, a pesar de ciertas molestias. 

Tengo hambre y bajo a la recepción del hotel. Es inmensa, con evidente imagen de gran hotel americano. Si no me alojo en un hotel pequeño y con cierto encanto, prefiero siempre hacerlo en este tipo de hoteles despersonalizados y feotes pero en donde sin dificultad encuentras todo lo que necesitas. Aquí hay cinco o seis restaurantes, abundantes tiendas, aunque la mayor parte de las mismas ofrecen los mismos productos turísticos, un par de establecimientos de cambio de moneda y, en la entrada, dos accesos muy iluminados: a un “night club” que debe estar abierto las veinticuatro horas del día, y a un casino al que se entra entre infinidad de máquinas tragaperras que a mí me recuerdan siempre aquella mítica canción de Pink Floyd. 

Busco un restaurante y me decido por un japonés que está completamente vacío. Pido la carta que está forrada en plástico transparente, como los libros de texto en el colegio, porque está gastada y sucia de tanto ser manejada. No sé en qué película se decía que hay que desconfiar de los restaurantes en donde los alimentos aparecen fotografiados, pero en esta ocasión la verdad es que agradezco esta circunstancia. Pido una especie de ensalada de pollo y una dorada al horno que finalmente solo me puedo comer una parte porque está excesivamente aderezada con picante. Bebo cerveza, algo que intento evitar desde hace días sin demasiado éxito. Mientras espero, escribo y leo algunos mensajes telefónicos. 

Al acabar me siento en uno de los cafés que están a ambos lados del mostrador de la recepción. Compruebo que todo está lleno de putas, como ya me había advertido un amigo que estuvo trabajando en la embajada española durante muchos años. La mayoría de estas chicas son altas, rubias, guapas y extremadamente delgadas. Ofrecen sus servicios de una forma discreta: “Sex o relax”, proponen sonrientes. Los miembros de la seguridad del hotel, omnipresentes por todas partes, ni las miran, atentos solo a todos los clientes que entran o salen por la enorme puerta que da a una plazota presidida por una enorme escultura que representa a Degaulle. Estos tipos son extremadamente antipáticos y, como pude comprobar personalmente, solicitan la acreditación de que estás alojado en el hotel tantas veces como intentas penetrar en la zona de los ascensores que dan acceso a las habitaciones. Es igual que te conozcan de vista o que hayas subido hace cinco minutos. Te la piden siempre de una forma imperativa, exenta de cualquier refinamiento. 

Al poco rato, compruebo que la recepción se ha quedado ya sin nadie. Yo termino de hablar por teléfono y decido irme a dormir después de beberme el gin tonic. Las putas se quedan solas, custodiadas por los tipos de seguridad, insomnes, malhumorados, antipáticos.  

Hasta mañana. 

Qatar (y 4)

Qatar (y 4)

1. Al final no hubo visita al desierto porque las circunstancias climatológicas no mejoraron. Casi lo agradecí porque esta noche, entre pitos y flautas, apenas he dormido tres horas y esta mañana, mientras estaba desayunando con dos amigos españoles, me estaba cayendo de sueño, aunque la conversación ha sido realmente estupenda. El resto del día, pues, lo he dedicado a descansar, a hablar por teléfono con Bego, mi secretaria y amiga, a afeitarme despacio y a ver la televisión, o, mejor dicho, las televisiones. En realidad me ha ocurrido lo mismo que me pasó en Túnez hace unos cinco o seis años: no he salido del hotel más que para lo imprescindible. En aquella ocasión recuerdo los saltos de alegría que di cuando me enteré que el Real Zaragoza le había endosado al Madrid cinco golazos en el Bernabeu. Recuerdo que llamé por teléfono a mi padre y él también estaba exultante de gozo. Me voy esta noche de madrugada a Madrid en un vuelo que me dejará en Barajas, si todo va bien, a las siete de la mañana. Antes tengo una cena de alto nivel que espero se acabe pronto porque he quedado con Isa que hablaríamos a las once hora de aquí (cinco de la tarde de la República Dominicana), antes de coger el avión. Resumen: poco más que lo escrito. Ah, si... He conocido a un mexicano estupendo. (Querida Maty: México ha aparecido con fuerza en mi vida...!) Es camarero en uno de los restaurantes, y ya el primer día se comportó conmigo con una enorme gentileza. He ido hace unos instantes a despedirme de él y me ha hecho un diagnóstico increíblemente cercano al mío del espectáculo de ayer, que él sólo ha podido ver lógicamente por la televisión qatarí. Coincide en el diagnóstico de la frialdad técnica, sin emociones ni calor humano, con la excepción del momento del caballo trepando hacia las alturas. Le recuerdo lo del arquero de Barcelona y me da la razón. Un tipo interesante, inteligente y amable. 

2. En el aeropuerto. Un tostón, como casi siempre, lo de facturar la maleta. Algo pasaba y había un retraso considerable que se sumaba a la lentitud exasperante del personal de algunos aeropuertos. Ya en la zona de embarque me relajo, hablo bastante rato con Isa, con mi hijo, con su madre y con mi tía M, que está muy tranquila. Todos me dicen que no han visto la “hazaña del caballo”, prueba inequívoca de que lo que son acontecimientos mediáticos en una parte del globo en el otro nadie se entera y a nadie le importan, o casi.  Mañana estaré ya en Madrid por la mañana temprano y el día lo volveré a dedicar al descanso. Tal vez vaya al teatro.  

3. En el avión. Las simpáticas azafatas me han dejado desenfundar el ordenador y estoy intentando escribir en mitad de una zona de turbulencias bastante considerables. La verdad es que el avión se mueve mucho y los pasajeros que seguimos despiertos nos miramos con esa habitual cara de póker que se pone en estos casos. La primera vez que percibí esa sensación de pánico controlado fue regresando de mi primer viaje a Nueva York, a donde tuvimos que regresar realizando un aterrizaje de emergencia. La verdad es que yo antes estaría acojonado, pero son ya demasiadas horas de vuelo en mi vida como para no poder relativizar las cosas, incluidas estas embestidas de viento. Se me olvidó antes escribir sobre la cena. Tuvo lugar en un restaurante de auténtico lujo, situado en una zona alejada de mi hotel. Asistieron el Embajador de España y su mujer, que no paró de hablar ni un minuto, el director artístico de la ceremonia de ayer, David Hatkins y buena parte de su equipo, formado en gran medida por profesionales australianos. David nos enseña fotografías del espectáculo y se le ve relajado y feliz. Su hijo le mira con indisimulado orgullo. Sin duda ha obtenido un gran éxito personal que le va a asegurar para el futuro inmediato suculentos contratos. Me cae bien: es pequeño y de mirada enérgica, parece saber lo que quiere y ejerce esa autoridad de un modo férreo y sin contemplaciones, según me han contado. A las diez y media me espera en la puerta el coche que me conducirá hasta el aeropuerto. Antes me despido discretamente de la concurrencia y este hombre y yo nos fundimos en un abrazo de complicidad profesional que muy pocos de los presentes sabrán interpretar. Cuando el coche avanza por la carretera siento una profunda alegría. Veo los altos rascacielos construidos en el puerto, los edificios de las instituciones públicas, algunas mezquitas. Pasan coches lujosos a toda velocidad y pienso que todo esto será demasiado pronto un inútil recuerdo que no dejará en mí huella alguna. Lo único: el caballo. 

4. En Zaragoza. Aquello no podía acabar bien. A la llegada a Madrid mi maleta había desaparecido junto con muchas otras. Era domingo, como el día que llegué así a República Dominicana, pero el Corte Inglés estaba abierto. Medio dormido me compro ropa, demasiada ropa, y objetos de supervivencia. Regreso al hotel. Allí estaba esa maleta gris, práctica y fiel, que se pierde y aparece siguiendo no sé qué extrañas leyes del capricho de algún dios menor.

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