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Empezar a ser lo que soy (y 4) El regreso anticipado.

“Anatomía del realismo...” Los kilómetros van pasando, y los diferentes paisajes se amontonan en mi retina. Entre página y página recordaría las muchas veces en que acompañado de mis padres nos dirigíamos en trenes mucho más lentos rumbo a Torredembarra para pasar el preceptivo mes de vacaciones. Recordaría también lo mucho que atrás dejaba: amigos, cariño, compañía, mi cuarto, mi abuela Carmen, las juergas... Pensaría también en la inmensidad de Barcelona, los nuevos ámbitos en los que mi vida personal y universitaria iba a desarrollarse a partir de ahora, etc. Me recuerdo imbuido en una especie de extraña desolación, porque la balanza se iba inclinando extrañamente hacia atrás, es decir, hacia las ventajas y placeres conocidos en detrimento de los que se supone que iba a conocer.
A las puertas de la ciudad, el tren discurría por unas poblaciones obreras, en donde el gris de las paredes y las fábricas todo lo presidía. Era, me parecía, el espectáculo de la explotación, tal y como yo me lo imaginaba tras mis primeras lecturas marxistas. En concreto, al lado derecho de nuestra trayectoria, había una fábrica de productos químicos que lucía en su frontal la fórmula química S O4 H2 que, por esas curiosas asociaciones mentales que siempre me han torturado un poco, acabó por derrumbarme. Pero ya casi había llegado a Barcelona y me confirmaba como un emigrante académico.
El Colegio Mayor San Raimundo de Peñafort estaba situado al final de la Avenida de La Diagonal, justo enfrente del Palau de Pedralbes. Era un edificio funcional de ladrillo rojo situado al lado de otro, exactamente igual, en el que residían las chicas. Yo entré con una cierta preocupación, porque mis amigos me habían hablado con bastante crudeza de las llamadas “novatadas”, que, como todo el mundo sabe, son una especie de bromas fortísimas que los miembros residentes más antiguos tenían derecho a hacerles a los que acababan de ingresar, siguiendo el dudoso ejemplo de los cuarteles militares. Y yo, la verdad, estaba realmente asustado.
En efecto. Después de cumplimentar mi inscripción, pude darme cuenta de que el ambiente aquella noche era francamente peligroso. Se oían gritos y voces, y patrullas de universitarios con experiencia recorrían pasillos y estancias en busca de víctimas potenciales como yo. Por eso, tuve que reaccionar rápidamente. Dije a los pocos que me crucé que me encontraba muy enfermo y me metí en la cama a esperar acontecimientos.
Entre las sábanas, recordé nuevamente a mis seres queridos e hice un nuevo viaje imaginario en tren hasta donde yo me encontraba, falsamente enfermo y atemorizado. Aquel S O4 H2... Siempre asociaré la fórmula del ácido sulfúrico a la decisión que en ese momento tomé: me volvía a Zaragoza.
No ha sido la única vez en mi vida que he tomado decisiones radicales e imprevisibles. No tengo la conciencia de que éstas, tomadas por impulsos del corazón, hayan obtenido resultados peores que las tomadas después de una supuesta larguísima y sesuda meditación sobre sus pros y sus contras. Me maravillan esas personas que “se toman un tiempo para pensar las cosas...” ¿Cómo se pueden “pensar las cosas”? ¿Hay que irse a un rincón, alejarse de las personas y ponerse a pensar? Yo, con mucha frecuencia, cuando he tenido que “pensar las cosas”, he dejado sencillamente que pasara el tiempo y “las cosas se pensaran solas”, o, como en esta ocasión, he dejado que mi intuición fuera el faro que me guiara en mitad de las tinieblas. No quiero decir que estos procedimientos sean infalibles, ni mucho menos, y, sin duda, no son aplicables a todas las decisiones importantes, pero me molesta cuando alguien desdeña mi método tildándolo apresuradamente de irreflexivo. Peter Brook dice, con razón, que “las decisiones no se toman: brotan cuando se abre paso a través de las nubes de nuestros anhelos algo más esencial que nuestras propias ideas”.
Lo cierto es que la decisión estaba tomada y bien tomada, poniendo fin a un sueño y a un esfuerzo que me había tenido preso durante mucho tiempo. Seguramente esta decisión iba a costar dinero, o a que el ya gastado no surtiera el efecto que se le suponía, pero me sentía feliz y seguro de haberla tomado. Respiré relajadamente porque pensé que finalmente había acertado. Hoy, más de treinta años después, también lo creo. Aquella mañana en que amanecí entero, puesto que mi truco de fingirme enfermo había funcionado a la perfección, me dirigí a la Universidad y allí entablé los contactos necesarios y realicé los trámites precisos para estudiar la especialidad de Filología desde Zaragoza, manteniendo, sin embargo, mi matrícula como alumno oficial. Es decir, iría a Barcelona a examinarme de cada asignatura y en los momentos en que fuera necesario, pero residiría en Zaragoza, en donde enseguida pensé en matricularme en alguna otra disciplina.
Y así lo hice. Con una cierta habilidad, contacté con varias personas –chicas en su mayoría-, que iban a informarme de estas eventualidades académicas, y cogí, al día siguiente de mi marcha, el tren de regreso. Al llegar, no desaproveché la oportunidad de gastarle una broma a mis padres. Desde la cabina telefónica de abajo, hablé con mi madre para decirle que ya estaba perfectamente instalado, que le iría llamando todas las semanas, y que previsiblemente la próxima vez que nos íbamos a reunir sería en navidades...
La cara de sorpresa de mi madre cuando, pasados apenas cinco minutos de aquella despedida, me abrió la puerta, fue digna de la protagonista de una superproducción de Hollywood.
Empezar a ser lo que soy (3) La elección de la especialidad

Por aquellos años, la carrera de Filosofía y Letras se dividía en dos grandes fases: los dos cursos llamados “comunes”, que eran los dos primeros, y la especialidad, que abarcaba los tres últimos. La idea era que los primeros años proporcionaban una cierta cultura general y los tres últimos formaban ya en una disciplina o conjunto de disciplinas más específicas. Creo que ahora ocurre exactamente lo contrario, y supongo que el resultado será más o menos igual. Yo a estas alturas de mi vida desconfío absolutamente de todos los planes de estudios y creo que es la voluntad de estudiar, o mejor dicho, de aprender, y la sabiduría de los maestros para transmitir adecuadamente sus conocimientos (si los hubiere, naturalmente), los factores que, combinados en su justa proporción, realmente terminan capacitando personal y profesionalmente a las personas, “a pesar” de los planes.
Sea como fuere, a lo largo de todo este segundo curso fui concretando mi futura vocación universitaria hacia el estudio de la Lengua y la Literatura españolas. Yo creo que esto se debía a que en el fondo si la elegía estaba siguiendo un poco lo que ya realmente hacía de una manera bastante sistematizada: leer. Y eso, en principio, no parecía demasiado complicado. Por aquellos años no existía ninguna especialidad en Zaragoza que fuera en esa dirección, aunque algunos más tarde si fue posible hacerlo. Me salvé por los pelos, pues, porque yo lo que quería era intentar la aventura de la fuga. ¿Pero, de verdad quería eso una persona acostumbrada como yo a vivir instalado en el confort de su minúsculo núcleo familiar?
Un poco sí, y un poco no. Reconozco que quería era volar a mi aire, sin demasiada presión académica, aunque me costaba un gran esfuerzo dejar a mis padres, el paisaje de mis amistades y las tentaciones habituales de la noche en Zaragoza. En fin, sea como fuere, al acabar el curso eché todas las instancias necesarias para inscribirme en Madrid y Barcelona en las especialidades de Filología Hispánica, y creo que también de Historia Contemporánea. Debo aclarar que al término de este segundo curso mi expediente seguía siendo muy bueno, incluso excelente, dado que no había perdido mi capacidad para interesarme de verdad por algunas asignaturas, y copiar en las que ya sabemos. Por eso obtuve un resultado abrumador: me admitieron en todas las facultades solicitadas, pudiendo elegir ciudad, carrera y hasta residencia en varios colegios mayores universitarios. De entre todos los posibles, y ya elegida la opción de Barcelona, elegí el San Raimundo de Peñafort, en donde estaban alojados unos cuantos antiguos compañeros de colegio y del que tenía bastante buenas referencias.
Todas estas gestiones las hice una mañana acompañado de mi padre. Ambos siempre hemos recordado como si fuera ayer, cuando sentados en un velador del “Café Estudiantil”, en la Plaza Universidad, delante del magnífico edificio, rellené las instancias para matricularme en Filología. He pasado cientos de veces por aquel lugar, y no ha habido una sola que no haya recordado esa mezcla de ilusión e incertidumbre que, estoy seguro, el incierto futuro lejos de casa de un chico de veinte años, lleno de dudas y poseedor de alguna que otra certeza, que, al final iba a separarse de su familia y su ciudad.
Y llegó el día señalado. No recuerdo la razón pero sí algunas de las personas que me acompañaron a aquel TALGO que, si no surgía ninguna extraña novedad, me iba alejar de Zaragoza hasta las próximas navidades. Allí estaban, naturalmente, mis padres, y creo que Gerardo Z. y Chuchi. Como libro de cabecera para el largo trayecto de más de cinco horas llevaba “Anatomía del realismo”, de Alfonso Sastre. El tren se puso en marcha y mi familia y mis amigos quedaron en el andén de la estación de “El Portillo” que, por cierto, no existe desde hace muy pocos meses y en cuya cafetería nos habíamos corrido durante los últimos años unas juergas tremendas, pues no cerraba en toda la noche.
Empezar a ser lo que soy (2) Beber.

De aquel grupo la persona que más se distinguía por intentar transgredir normas y límites era Luis C., curiosamente aquel chico que hacía de pequeño concursos de sabiduría por la ventana de la casa de San Ignacio de Loyola. Le gustaba no sólo la bebida, con la que también llegó a tener algún que otro problema, sino otras drogas más complejas. Que yo sepa, la marihuana y el LSD. Reconozco que la presencia de Luis, o lo que él significaba, me producía un punto de terror, me hacía ver un estadio peligroso al que yo no quería llegar. Era una especie de Jim Morrison –tocaba muy bien el piano-, y cultivaba una imagen de malditismo que me parece que fue perdiendo paulatinamente. A veces me lo encuentro paseando con Begoña, otra de “las vascas”, con las que convive desde entonces. Su aspecto físico sigue siendo el mismo, pero ahora me produce una tierna imagen de hombre maduro, conservador y precavido.
La marihuana no me ha interesado nunca. Supongo que, en gran medida, porque jamás he conseguido, ni tampoco he intentado, tragarme el humo de los simples cigarrillos. No sólo durante esos años he visto a mi alrededor fumarse unos enormes canutos, sino en casi todas las épocas. Lo supe después, pero en uno de mis matrimonios, la mujer con la que estuve casado tenía instaladas en los balcones de nuestra casa, que daban a una céntrica calle de Zaragoza, unas enormes y vistosas macetas en donde cultivaba marihuana. A mí me extrañaba mucho que de ellas no salieran flores, acostumbrado a ver crecer de manera exultante y primorosa los geranios de mi madre en aquellas macetas que ella regaba amorosamente. Cuando mi mujer y yo nos separamos y se las llevó, me enteré finalmente de su naturaleza real. Si cuento esta anécdota es para demostrar mi escaso interés por este asunto de los “porros”, a pesar de que he visto encender millones a mi lado.
En cuanto a otras drogas, mi interés tampoco ha sido notable, con alguna pequeña excepción. Más bien, en el contexto general de mi vida, irrelevante. Dos veces tomé cocaína, y la verdad es que su efecto fue similar al de haber esnifado polvos de talco, es decir, ninguno. Y durante un par de fines de semana me tomé un par de ácidos, o lo que fuera aquel sucedáneo del mítico LSD que nos vendían los mercachifles de la cosa. Con esos supuestos ácidos me reía mucho, debo reconocerlo, pero que después me dejaban literalmente molido y sin fuerzas para levantarme de la cama los terribles lunes.
Yo creo que, en el fondo, este asunto de las drogas me ha producido un profundo e irracional temor. Siempre he tenido miedo a peder total o parcialmente la consciencia y a no ser enteramente dueño de mis actos. Confieso que soy de los que se preocupan mucho por no dar esa imagen que ciertos borrachos ofrecen, cuando desconociendo los efectos que el alcohol va ocasionando en ellos, siguen actuando como si tal cosa. Lo mío es pues una mezcla de temor y pudor a partes iguales. Esa sensación ya comencé a notarla en aquellas noches compartidas con nuestras amigas “las vascas”, en donde, por el contrario, me deleité infinitas veces con la euforia inteligente y vital que un par de buenas copas, ingeridas en buena compañía, provocan en los seres humanos.
Con “las vascas” todo fue bien, a lo largo de los años que duró nuestra lúdica y estimulante relación, hasta que empezamos a enamorarnos de ellas, o hasta que la relación de amistad comenzó a transformarse en otra cosa. Como siempre suele pasar, ahí empezaron a nacer las disputas, las incomprensiones y los desengaños. Y también esas rencillas, incluso entre el grupo de chicos, que provocan siempre los celos y las rivalidades. Pero hasta que esto ocurrió, la vida fue extraordinariamente generosa con todos nosotros, y nos obsequió con muchas horas de inteligentes y fructíferas carcajadas compartidas.
Empezar a ser lo que soy (1)

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Jorge Luis Borges (“Biografía de Tadeo Isidoro de la Cruz”).
Como he tratado de explicar, la ruptura con mi novia oficial fue debida a la lejanía que poco a poco se fue creando entre nosotros. Esta situación se fue agigantando con el paso del tiempo, por cuestiones de índole intelectual y política, pero yo creo que las fundamentales fueron de orden estrictamente vivencial. Con ella me aburría por el día, pero las noches, sin ella, eran otra cosa. Eran el espacio en donde lo lúdico y lo intelectual se juntaban con una especie de extraña naturalidad, gracias a la presencia en mi vida de unas personas con las que compartía, y de qué modo, el mismo o parecido sentido de la existencia. Estoy hablando de Alvarito y de Chuchi, y en un plano un poco más lejano de Eugenio, Antonio y Jesús V.
Los dos primeros habían sido compañeros de jesuitas. Alvaro era un chico alto y desgarbado, muy inteligente, que estudiaba matemáticas, pero que sin embargo poseía también el frecuente hábito de la lectura. Chuchi había sido compañero de clase y de gamberradas. A ambos les unía la circunstancia casual de que vivían en el mismo bloque, muy cerca también de la calle María Lostal, donde yo seguía compartiendo piso con mis padres. Nuestra relación durante aquel periodo era diaria, y esperábamos impacientes a que anocheciera para concertar la cita habitual y perdernos por nuestros lugares favoritos hasta altas horas de la madrugada. Con ellos vivíamos, pero de manera francamente intensificada esa costumbre de trasnochar que empecé a cultivar en los últimos años del bachillerato. Eugenio y Antonio eran compañeros míos de Facultad, estableciéndose un puente de diversión y de ideas que en algunos momentos era realmente insuperable.
Y es que nos lo pasábamos francamente bien, y recuerdo aquellas noches como uno de los periodos más divertidos y creativos de mi vida. Los tres compartíamos muchas cosas: sentido del humor, gusto por la lectura, tendencia al insomnio y gusto por la bebida. Todo un cóctel que conseguía que las horas se nos pasaran volando.
Pero no sé cómo aparecieron “las vascas”, que eran amigas de Mercedes, la chica de Vitoria con la que yo había hecho aquellas primeras obras de teatro en el Teatro Universitario. Además de ella, estaban Begoña, Carmen O., y, en un segundo término, Carmen C. y algunas otras de cuyos nombres no logro ahora acordarme. Para colmo de coincidencias, su piso de estudiantes, que fue durante mucho tiempo nuestro centro de operaciones, estaba en Madre Vedruna, es decir, en un punto medio entre los edificios en donde nosotros, la parte masculina de la pandilla, vivíamos respectivamente.
Se puede decir que aquellas chicas eran nuestro correlato femenino. Es decir, compartían con nosotros ese extraño punto medio entre la bohemia y el compromiso que para los demás era habitualmente inaccesible. Entre nosotros nació una relación nocturna, amistosa y profundamente lúdica, que iba a durar dos o tres años.
La verdad es que solíamos beber bastante y el alcohol fue la única droga que consumíamos de forma grupal. Creo que su consumo es bastante peligroso, es absurdo negarlo, y más cuando éste se convierte en un hábito diario de relación con el mundo. Por las informaciones que me han ido llegando al cabo de los años, sólo Mercedes ha tenido algún problema especial con ese asunto, pero yo creo que la razón hay que buscarla no sólo en la cantidad de litros de uno termina bebiendo, o la desigual resistencia de los organismos, sino en factores también relacionados con la forma de ser de las personas. Mercedes bebía como nosotros, ni más ni menos, pero creo que, al final, la bebida ocupaba un lugar central en su existencia y para nosotros era sólo un mecanismo peligroso de relación.
Siempre me ha gustado beber, precisamente porque jamás he dependido de la bebida. Las veces que he bebido no ha sido para olvidar nada, sino más bien para todo lo contrario: para subrayar lo que estaba viviendo. Alcohol y alegría han sido compañeros habitualmente inseparables, y, por si fuera poco, he tenido la inmensa suerte de poseer un hígado que me avisa frecuentemente, incluso con un cierto margen, dónde se encuentra el límite que está dispuesto a tolerar. Creo que en este asunto he sido cauto e incluso calculador, y que en muchas ocasiones he bebido menos de lo que parecía que estaba bebiendo porque, en íntima relación con mis vísceras, me he dejado las copas a medias mientras que los demás se las bebían hasta la última gota.
Sentimentalmente antifranquista (y 6)

Lo conocí en los camerinos del teatro Principal de Zaragoza a comienzos de Enero de 1974. Por aquel tiempo él era una realidad, pero sobre todo una esperanza. Es decir, ya nadie discutía su talento, demostrado de forma palpable en su gran éxito “Los verdes campos del Edén”, que también había dirigido José Luis Alonso. Pero era una esperanza de renovación en el apolillado panorama del teatro español, un camino que esa obra había abierto y que conectaba con un teatro poético de gran nivel, como podía ser el de Lorca, o el de Jean Giradoux, en Francia, cargado también de significaciones políticas.
Yo seguía escribiendo en “Aragón Exprés”, y creo que por esa razón me acerqué al teatro para pedirle una entrevista, que rápidamente me concedió, citándome en los camerinos durante la sesión de noche. Así pues, hablamos mientras los actores, en el escenario, representaban su obra y el eco de sus voces llegaba difuminado hasta donde estábamos sentados frente a frente.
Como es fácil entender, yo me sentía extremadamente complacido de tener delante de mí a alguien que admiraba muy en serio, y que, como le ha ocurrido el resto de su vida, hablaba tan bien como escribía. Se decía por los mentideros más variados que Gala estaba muy enfermo –creo que él mismo cultivaba una estudiada imagen de fragilidad-, y que padecía una dolencia hepática, o algo así, que al final le quitaría la vida. A pesar de esto y del respeto que su figura me merecía, me sentía cómodo aquella noche, y creo que él también lo estaba. Por eso, con su permiso, la entrevista fue transformándose en una conversación sobre aspectos no relacionados directamente con las características específicas de su manera de escribir.
En un momento concreto, yo le dije: “Don Antonio, como es probablemente la última vez que nos vamos a ver, me gustaría que me diera su opinión personal sobre...” En ese momento me pareció ver un gesto contrariado en su cara que no supe interpretar, pero no sólo me contestó a esa pregunta, que creo que versaba sobre la manera de escribir de Azorín, a quien por aquel entonces yo leía mucho, sino a todas las que se me iban ocurriendo. Me habló de la concisión azoriniana en términos peyorativos (“los españoles somos adjetivadores por naturaleza...”) y me habló de los sentimientos, del amor, de la literatura y de la sociedad en la que vivíamos. Sus palabras quedaron registradas, y todavía resuenan con un eco muy característico, mezcladas con la de los personajes de su obra representada unos metros más abajo.
Cuando acabamos de hablar y me disponía a guardar los papeles y a cerrar la grabadora, y después de agradecerle la deferencia que había tenido conmigo, Gala me preguntó que porqué había dicho eso de que “como es la última vez que nos vamos a ver...” Me quedé algo desconcertado, y creo que le contesté que seguramente su trabajo le iba a impedir regresar a Zaragoza, o yo que sé... El me dijo: “Eso tiene fácil remedio. Telefonéeme cuando vaya usted a Madrid, y nos volveremos a ver...”
Casualmente yo iba a ir a Madrid al cabo de unos días con motivo de una boda, acompañado de María Angeles, y así se lo hice saber. Nos despedimos, y, efectivamente, ya en Madrid llamé al número que Gala me había proporcionado.
Al otro lado apareció una voz masculina, un poco afectada. Creo que era su mayordomo, que, al identificarme como “el periodista joven” me pidió que esperara unos instantes. Finalmente Antonio Gala, muy cordial, me dijo que fuera a verle en ese momento y me dio los datos de su vivienda que estaba en la calle del Darro. Un taxi, que me costó bastante dinero comparado con lo que costaban los de mi ciudad, me llevó hasta allí en pocos minutos atravesando Madrid a toda velocidad.
Recuerdo de aquella casa de manera especial una mesa repleta de ceniceros de plata de todos los tamaños posibles, y una gran estantería blanca llena de libros de infinitos colores. Era una casa decorada sin duda con un gusto exquisito, en donde entraba y salía su famoso perro Zoylo, principal inspirador de una serie de artículos muy famosos por aquellos años. También había bastones por todas partes y creo recordar que su propietario se ayudaba de uno de ellos en el interior de su vivienda.
De la conversación apenas recuerdo la alusión que yo hice al precio del taxi y poco más, o más bien nada en absoluto. Sin embargo, he valorado el resto de mi vida todo aquello como una experiencia personal y teatral extraordinaria de cuyo origen todo han sido dudas. Siempre quise pensar que Gala había dado un respingo en su asiento aquella noche ante la posibilidad de “verme por última vez”. Es decir, imaginándomelo como una persona andaluza y, en consecuencia, supersticiosa, tratando de verme a toda costa “otra vez”, como forma de ahuyentar el carácter premonitorio de una afirmación que, por otra parte, hice con la mayor de las ingenuidades. Hace no mucho una persona a quien le conté todo esto quiso encontrar otra interpretación: el escritor, que entonces rondaría la cuarentena, se había enamorado de ese joven periodista aragonés que tantas cosas quiso preguntarle una noche en los camerinos del teatro Principal de Zaragoza. Pero yo no lo creo.
Solo le vi una vez más. Fue nuevamente en Zaragoza cuando mi madre me arrastró hasta el Corte Inglés para que le firmara uno de sus libros. Cuando me identifiqué, el escritor, ya por entonces bastante menos rompedor en todos los sentidos y con muchos éxitos teatrales y literarios a sus espaldas, creo que consiguió recordarme y le dijo a mi madre, con gran amabilidad por su parte, que yo era una persona “muy capaz”. Después, cuando me enrolé en las filas de una compañía de teatro independiente, Antonio Gala se convirtió en uno de esos iconos intelectuales de la burguesía contra los que precisamente luchábamos con toda la ferocidad de la que éramos “capaces”. Es decir, de una manera estúpida, perdí una relación de la que seguramente hubiera aprendido mucho si hubiera sabido conservarla.
Sentimentalmente antifranquista (5)

En ese grupo aprendí y enseñé mucho. Hacía poco que había pasado por Zaragoza, una versión de “La rosa de papel”, de Valle Inclán, interpretada en su papel principal (Simeón Julepe), por Antonio Ferrandis y dirigida por José Luis Alonso. Esta puesta en escena me causó una honda impresión. Por eso, la propuse como la primera parte de un extraño espectáculo en donde la segunda sería “La cantante calva”, de Ionesco. Aquel mejunje de estilos, autores y épocas se me ocurrió a mí, como no podía ser de otra manera, y las razones de aquello quedaban expresadas en un programa de mano que todavía conservo: “para obligar al espectador a tener que cambiar de actitud mental, para ponerle ante los ojos cosas diametralmente opuestas, para sentarlo de diferente forma en su cómoda butaca de espectador burgués”.
Por diferentes razones, el compañero de Facultad que encarnaba a Julepe en la primera no daba la talla interpretativa, según parece, y tomé la equivocada decisión de sustituirle personalmente, con lo que en la primera de ellas mis cometidos eran dobles y de ello se resintió lamentablemente el espectáculo. Sin embargo, la puesta en escena de la obra de Ionesco creo que fue un rotundo éxito, a juzgar por los favorables comentarios que suscitó en los pocos lugares donde fue representada. Recuerdo muy bien el esfuerzo que todos metimos en aquella empresa y en especial las tareas de construcción de los decorados y los elementos de atrezzo entre los que se encontraba un ataúd de madera blanca, del que me habló hace unos años en Nueva York, Angel Gil Orrios. Por lo visto, después de utilizarlo en nuestra función se lo presté a él y nunca más me lo devolvió. Pero como digo, el estreno fue tremendo.
Y es que me olvidé del texto en mitad de la función del estreno y me comí casi quince minutos de la obra... Desde entonces he tenido un miedo irracional y nunca del todo superado a salir a un escenario y tener que decir un texto aprendido de memoria. Ni siquiera mis primeros (y últimos) años de actor en el Teatro de la Ribera, en los que no recuerdo haberme olvidado jamás de mi texto, sirvieron para hacerme perder un miedo que todavía sigue vigente. Se daba la circunstancia que en “La rosa de papel” se hacía necesaria la participación de dos niños, lo cual le añadía a los ensayos un cierto nivel de dificultad superior, dada la atención especial que los diminutos actores requerían. No recuerdo cómo ocurrieron exactamente los hechos, pero mi olvido y el salto temporal que inevitablemente propició en el desarrollo dramático, y que incluía que un personaje que no había muerto, puesto que su muerte efectiva sucedía durante mi lapsus, desapareciera inexplicablemente del escenario, hicieron incomprensible la función para el público que vino a verla en el salón de actos de un centro parroquial en el barrio de Torrero. Decidimos, a partir de aquella pequeña catástrofe, representar solo la segunda parte en la que yo no intervenía. Desde aquel día me han parecido siempre unos suicidas los directores de escena que, además, actúan en sus propios espectáculos.
A pesar de este pésimo recuerdo, no cabe la menor duda de que esta experiencia universitaria fue determinante en mi carrera posterior. También siguió teniendo una gran importancia el hecho de seguir viendo teatro en Zaragoza, y, por primera vez, en algunos teatros de Madrid, de los que venía siempre lleno de ideas y sugerencias para mis supuestos nuevos montajes. Recuerdo con especial entusiasmo la puesta en escena de “Canta, gallo acorralado”, de Sean O´Cassey, con dirección de Adolfo Marsillach, que tuve la oportunidad de ver en el teatro la Comedia, como un espectáculo estimulante y que me hizo nacer una especial admiración por este director al que años después tendría la suerte de conocer personalmente. No sé si fue en ese viaje o en otro anterior que me presenté en los estudios de TV española para hablar con José Luis Alonso y Antonio Ferrandis del montaje que tanto me había influido y que yo estaba preparando en Zaragoza con toda la ilusión del mundo.
La lectura de algunos textos teóricos, como “Teatro, realismo y cultura de masas”, de Juan Antonio Hormigón, que devoré en un viaje que por primera vez hice a Andalucía con mi madre, y abundantes obras teatrales y literarias en general, constituyeron un alimento importante en esa incipiente nutrición cultural en general, y teatral en particular, que siempre he pensado que fueron decisivos para mí.
Pero en aquel periodo viví una circunstancia que me parece digna de destacar y que, sin duda, supuso un nuevo aliciente en el sedimento de una afición que: el conocimiento casual del dramaturgo Antonio Gala.
Sentimentalmente antifranquista (3)

Sin pensarlo dos veces, y con un dinero que había conseguido ahorrar secretamente, me fui a Asturias, buscando ese lugar que tanto me había conmovido cuando unos años antes había estado con mi padre. Antes pasé por Bilbao en donde conocí a mi tío Ignacio, primo de mi padre, y a sus hijos, y después llegué a Oviedo serpenteando montañas y verdes laderas montado en un rudimentario tren de vía estrecha que recorría de lado a lado la costa cantábrica con un ritmo cansino que permitía fotografiar tranquilamente el paisaje. El viaje fue largo pero delicioso.
En Oviedo me permití el lujo de alojarme en un hotel de tres estrellas. Desde mi confortable habitación, además, se veía una de las arterias centrales del parque de San Francisco. Estuve solo unos días, escribí algún que otro artículo en donde diagnosticaba sobre la salud del teatro en Zaragoza, que más tarde se publicaría en “Aragón-Exprés”, me perdí por las calles tortuosas y húmedas de la ciudad en donde Clarín se inspiró para escribir esa maravillosa novela titulada “La Regenta”, y visité Santa María del Naranco y otros monumentos del románico más hermoso de España. Pero de lo que más vivamente me acuerdo es de haber tomado una decisión atrevida: regresar en avión hasta Barcelona. Iba a ser la primera vez que me subía a uno de esos aparatos que me fascinaban y aterraban a partes iguales.
María Angeles no se enteró hasta mucho tiempo después en que le confesé mi escapada furtiva. Creo que en la vida hay que ser honesto, especialmente con las personas que amamos, pero, si cometemos un desliz, en realidad cometemos además una torpeza irreparable si al final lo confesamos.
Se enfadó bastante.
Ella poseía un concepto de la fidelidad extremo y el concepto de relación que tenía en el fondo de los fondos difería radicalmente del mío. Eramos diferentes, no cabía ninguna duda, pero lo cierto es que nuestra unión adolescente duró bastante tiempo, el justo hasta que yo di un cambio radical en mi vida y corté definitivamente. Fue una buena compañera, me quiso extraordinariamente y mi recuerdo no dejará nunca de ser de gratitud y cariño.
Recuerdo con extraordinario realismo la tarde en que le dije que ya no la quería. En la vida, lo sé por experiencia, ser abandonado es terrible, pero abandonar a los demás es casi más doloroso. Así como es un momento insuperable aquel en el que a la otra persona le confesamos que sentimos por ella un cúmulo de sensaciones que, agrupadas, convenimos en llamar amor, es horrorosa la contraria por la que, despojados de alicientes para seguir centrados en ella, pretendemos poner tierra por medio. Maria Angeles no se lo esperaba en absoluto y, cuando le argumenté en la barra de la Cafetería “Las Vegas” que yo estaba cambiando de ver las cosas, el mundo y nuestra propia relación, recuerdo con una inmensa ternura su ingenua proposición de “hacerse también revolucionaria” para intentar evitar lo que ya no tenía vuelta atrás. Cuando cortamos totalmente, era terriblemente doloroso encontrármela por la calle: se quedó aún más delgada y, según supe después, hasta tuvo problemas con la periodicidad de su menstruación. Y es que verdaderamente me quería mucho. Yo también, pero en mi interior había ido creciendo otra persona que necesitaba volar más libre o en otra dirección.
Pobre María Angeles... Sé que en su vida privada posterior no ha sido nada feliz. Finalmente se casó con un tipo con una pinta de animal bastante reveladora con el que tuvo tres hijos, y creo que en alguna ocasión ha llegado incluso a golpearla, según me confesó un día, muchos años más tarde, en una cita que ella provocó para pedirme un dinero que no le pude prestar desgraciadamente. Este tipo sé que me odia porque en algún momento María Angeles le habrá contado algunos aspectos de nuestra antigua relación. Todavía, cuando nos vemos por la calle, hay en sus ojos una chispa de complicidad, pero lo que domina su mirada es un sentimiento de frustración que apenas intenta disimular y que yo lamento profundamente porque, al fin y al cabo, en su momento también la quise mucho.
Sentimentalmente antifranquista (2)

La conmoción era inmensa. Con la derrota chilena terminaban de golpe, y nunca mejor dicho, muchas esperanzas, seguramente ilusorias e irrealizables a la vista de cómo han ido las cosas después y de cómo se han derrumbado los regímenes en los países que entonces nos servían como ejemplo de justicia y de igualdad. Pinochet no era más que la mano ejecutora de un complot que tenía bien organizado el asunto, auspiciado por la burguesía chilena, el ejército y la CIA, que, como se ha demostrado palpablemente después (sigue estando bien ver la película “Missing”, de Costa Gavras), tuvo una intervención destacada en la organización de toda aquella ignominia. Desde aquel mes de Septiembre algo se conmueve en mi interior cuando se pronuncia el nombre de ese país, cuna de uno de mis poetas favoritos, Pablo Neruda, que, por cierto, moriría muy poco tiempo después, poseedor de una riqueza material y paisajística inmensa. “Chile en el corazón” ha sido a lo largo de mi vida algo más que una bonita frase, y Augusto Pinochet, junto con Franco, los nombres y las caras del horror. Por eso, durante estos últimos años he asistido impaciente y esperanzado a las acciones legales que casi logran condenar a un hombre que me puso desgraciadamente, y con un océano de por medio, los pies en el suelo de una cierta desesperanza.
Pero aquella lección me sirvió de revulsivo para comprender que el enemigo estaba ahí y no era fácil derrocarle. Así las cosas, y después de aquel verano que comenzó con un secreto viaje a Asturias, con la victoria de Luis Ocaña en el Tour de Francia, y que terminó con la muerte violenta de Salvador Allende, comencé segundo curso de la carrera con las miras puestas ya con cierta claridad en continuar al año próximo matriculándome en alguna especialidad que estuviera centrada en el estudio de la lengua y la literatura españolas. Sin embargo, como muchas otras veces me ha pasado, en realidad vivía una extraña doble vida. El universitario que paulatinamente se iba concienciando de la necesidad de un cambio social y político para nuestro país y para el mundo, coexistía con otro joven que no renunciaba a la camisa y la corbata, y que se pasaba los sábados y domingos por la tarde haciendo las tradicionales manitas con su novia en lugares frecuentados por la burguesía local.
María Angeles y yo éramos una auténtica pareja convencional. Después de unos comienzos en los que me sentía profundamente enamorado de ella, y que se puede demostrar en infinidad de tiernas cartas que diariamente le escribía cuando nos teníamos que separar, por ejemplo, en los periodos veraniegos, una rutina insoportable se fue adueñando de una relación que tenía demasiada pinta de acabar incluso en matrimonio. Por las tardes acudía a buscarla al Colegio de las Carmelitas, de donde lógicamente salía vestida con el horroroso uniforme típico de colegiala, y dábamos un par de vueltas por el barrio o nos tomábamos alguna Coca-Cola en alguna cafetería cercana, preferentemente "Imperia", al principio de la calle General Mola, hoy Paseo de Sagasta. Pero los fines de semana eran de un aburrimiento insuperable. Como teníamos muchas horas por delante, y ella estaba empeñada en que nuestras citas fueran lo antes posible, frecuentemente nos pasábamos horas y horas en el bar del Hotel Goya, en el centro de la ciudad. Allí había unos inmensos sillones y sofás negros en donde nos refugiábamos para inventar juegos, cogernos de las manos y ver transcurrir el tiempo.
Pero lo cierto es que aquella relación me aburría. Tanto que durante el verano de 1973 decidí hacer por mi cuenta y riesgo el primer viaje largo de mi vida, ocultándoselo a ella. Es decir, le fui moderadamente infiel.
Sentimentalmente antifranquista (1)

Terminé Primero de Filosofía y Letras con unas notas repletas de Sobresalientes y Matrículas de Honor. Esto era la consecuencia de dos factores. Por un lado, ciertamente, de mi propio esfuerzo. Es decir, había logrado ponerme a estudiar, aunque jamás de una manera sistemática y nunca durante un tiempo demasiado prolongado. También, lo confieso ahora, como consecuencia de mi creciente habilidad para copiar en los exámenes, especialmente en las asignaturas de Latín y Griego que me seguían trayendo por la calle de la amargura. Por una cosa o por otra, mi expediente académico era uno de los mejores del curso, algo que poco tiempo después iba a reportarme alguna ventaja en la elección de Universidad para proseguir mis estudios. En cualquier caso, con aquellas notas se relajó bastante mi espíritu atormentado ante la posibilidad de “no ser nada en este mundo” y mis padres respiraron un poco más felices.
Mi idolatrado profesor Carreras me tranquilizó un día en su despacho. Vino a mostrarme que era una enorme estupidez considerar la vida como una sucesión de plazos a los que hay que llegar a tiempo, como si de una carrera de obstáculos se tratara. Le quitó importancia al hecho de haber invertido un año teóricamente inútil en la Facultad de Derecho, y haber perdido de alguna manera la estela de mis amigos del colegio, y me explicó la sencilla pero importante verdad de que cada uno debe tener su propia cronología y que lo importante era vivirla con responsable autenticidad. Relajado y bastante contento afronté el verano de 1973.
Aquellas plácidas noches en las que mis padres supongo que estarían en Torredembarra, las dedicaba a la lectura o a tomar copas con mis amigotes. Una de mis costumbres era visitar a mi compañero de clase Lalo, que, por aquellos días trabajaba de conserje nocturno en un hotel de la calle Alfonso. Solía encontrármelo a la fresca, sentado en la puerta a una hora en que la mayoría de los huéspedes ya reposaban en las habitaciones, y leyendo con auténtica fruición algunos de esos libros de los que después nos disertaba en clase o en los pasillos de la facultad. Charlábamos sobre literatura y política, principalmente, y fue él quien el once de Septiembre (¡cuántas cosas han pasado en esa fecha!) me comunicó que en Chile había habido un golpe de estado que había derrocado al presidente Salvador Allende.
La noticia me impresionó profundamente porque desde hacía meses las iniciativas de Allende y su gobierno de la Unidad Popular me interesaban de manera especial.
Sin duda, muchos universitarios sentimentalmente antifranquistas veíamos en lo que estaba ocurriendo en aquel país un camino de esperanza para el nuestro. Allende había aplicado reformas económicas que no sólo profundizaban en la democracia sino que avanzaban en la consecución de importantes e irreversibles logros sociales. Es decir, era un referente y un ejemplo sobre lo que nosotros queríamos que sucediera aquí. Sin duda, el gobierno de los Estados Unidos no podía permitir que se instaurara delante de sus propias narices un estado con claras aspiraciones socialistas, y mucho menos que su implantación fuera por métodos democráticos, es decir con la sucesiva aplicación de reformas y sin derramamiento de sangre, desmintiendo la imagen del comunismo como resultado de crueles y terribles luchas fratricidas. Cuba era una dictadura, pero Chile era un modelo de democracia avanzada, intolerable en la medida que su ejemplo podía servir de estímulo para otros países de la zona.
Durante los días siguientes, las noticias fueron arrojando un resultado desolador. Salvador Allende se había suicidado en el Palacio de la Moneda, después de haber resistido heroica e inútilmente los ataques de la aviación golpista. En el estadio de fútbol de Santiago y en otros lugares se hacinaban miles de presos que iban a ser torturados o asesinados sin piedad. Se decía que Víctor Jara, un cantante revolucionario que unos días más tarde hubiera cumplido cuarenta y un años, partidario y amigo del derrocado Presidente, era uno de ellos y, como posteriormente se supo, había muerto, con esas manos que le servían para acompañarse con la guitarra en la interpretación de sus comprometidas canciones, salvajemente quebradas.
Y todo ese horror tenía una cara reconocible: la del general Augusto Pinochet.
Qué curiosa circunstancia… Este criminal, que asesinó, torturó, secuestró, también le robó a su propio pueblo. Durante estos días precisamente, cuando han pasado ya varios meses de su propia muerte, es su familia la que acaba de ser imputada de diversos delitos financieros relacionados con esos abusos del dictador. Es decir, que también eran cómplices. Hay que recordar también que durante los últimos años de la vida de Pinochet se sucedieron una enorme cantidad de acusaciones formales de todos sus delitos, librándose auténticas batallas judiciales que de no ser por las argucias de sus abogados hubieran desembocado en condenas expresas. Tal vez no hubiera terminado en la cárcel, que es lo que todos queríamos, pero simbólicamente hubiera servido para reparar en alguna medida tanto dolor causado por este sapo de la historia contemporánea. Es decir, los años han pasado, y lo que Lalo y yo, y tantos miles de personas en el mundo veíamos con claridad entonces, ha quedado diametralmente probado ahora. A veces, demostrar que es de noche a las dos de la madrugada se convierte en algo agotador, precisamente por su obviedad…
Mi patria es mi infancia.

En realidad mi abandono de esta pintoresca actividad deportiva ocurrió afortunadamente cuando ya le había tomado la medida a la nueva facultad y a la nueva carrera universitaria y había adquirido una cierta costumbre de madrugar. En aquella nueva Facultad, “la fábrica de harinas”, comprendí muy pronto que había personas que me daban cien vueltas en algunos aspectos en los que precisamente me creía insuperable. Fue una lección de humildad que me sirvió también para constatar lo que ya sabía: que en el colegio de los jesuitas no había aprendido casi nada.
La característica común de todos estos chicos era la de haber estudiado en centros públicos, y no en colegios como el mío. Allí me encontré con gente que había leído mucho más que yo; gente con una preparación política muy superior a la mía, y gente, en suma, mucho mejor formada para afrontar unos estudios de carácter humanista. Mi referencia fue enseguida un tal E.C. (“Lalo”, para los amigos), que era un tipo gordo y muy poco agraciado físicamente, pero que poseía un poso cultural extraordinario y una excelente capacidad para comunicar y servirse en público de sus conocimientos. Recuerdo que a él le oí por primera vez hablar del “Ulises”, de Joyce, en unos términos de auténtico y contagioso entusiasmo. Pero, sin duda, la gran sorpresa de aquel primer año la constituyó el hecho de conocer a Juan José Carreras, Catedrático de Historia Contemporánea, y escuchar atentamente sus lecciones. En realidad, además de una sorpresa, aquello constituyó un acontecimiento de gran importancia para mi desarrollo personal e intelectual posterior. Como decía en el post que le acabo de dedicar con motivo de su muerte, acaecida tan solo unos días, es tal vez una de las dos personas, junto con mi padre, a las que considero mi maestro. Aquel hombre me inspiró desde el primer momento confianza y simpatía. Era muy correcto en su trato y llegaba a clase relajado y sonriente. Los primeros días los dedicó preferentemente a desmenuzar la novela “Opiniones de un payaso”, de Heinrich Bool, a quien acababan de conceder el Premio Nobel de Literatura. La verdad es que desconozco si además de esa coincidencia había alguna razón de fondo para hablarnos de la obra de el novelista alemán, aparte de que este hombre aporta una lúcida reflexión sobre el nazismo y sus consecuencias morales y políticas, pero me encantaba escuchar a aquel hombre que no parecía tener prisa alguna en adentrarnos en el programa oficial de la asignatura, si es que lo había. Mientras duraron estas lecturas y a lo largo de todo el curso, Carreras nos quitó todos los prejuicios sobre el estudio de la Historia, cuestionando en primer lugar su propio concepto. En ese sentido, sus clases fueron toda una revelación. Comprendí muy pronto que lo importante no era la acumulación de datos y batallas, sino conocer las causas que provocan los fenómenos sociales. Y de entre ellos, la más importante: la lucha de clases.
Con esa nueva orientación, menos de fascículo divulgativo y bastante más exigente y científica, la Historia se convertía automáticamente en un conjunto de conocimientos que no solo me podía servir para comprender etapas del pasado, como la guerra civil española, sino para interpretar adecuadamente mi propia realidad exterior presente. Y eso era lo que a mí me hacía falta en ese momento de mi vida: un apoyo metodológico e intelectual que conectara con mi necesidad personal de comprometerme con el momento que vivíamos en España y que estaba marcado por un viejo dictador que se mantenía férreamente en el cargo. A partir de ahí todo se precipitaba hacia un cambio interior que me fascinaba y me aterraba a partes iguales. Comenzar a leer libros de Marx, revistas de orientación marxista, etc., fueron conformando despacio pero inexorablemente la persona que todavía sigo siendo.
Hoy veo aquel periodo de mi vida como un momento en el que Roberto Zucco podía haber sido de una manera y terminó siendo de otra. Es decir, creo que viví en una especie de encrucijada de caminos y que opté por seguir hacia un sitio concreto. Creo que esta vez al menos acerté.
Mi patria es mi infancia. "Contra Franco vivíamos mejor" (3)

El día que entré en aquel aula de la Facultad de Filosofía y Letras se me calló el mundo a los pies. Era una más del llamado Edificio Interfacultades de la Universidad de Zaragoza, y su estilo era absolutamente diferente al de las de la vetusta pero al fin y al cabo elegante Facultad de Derecho que acababa de abandonar. Enorme, destartalada, funcional y pintada de blanco, la bauticé como “la fábrica de harinas”.
Yo había tomado precauciones antes. Confieso que estaba francamente preocupado con mi futuro y estaba imbuido de una asfixiante presión conmigo mismo. Lo de abandonar Derecho lo interpretaba como un fracaso absoluto, y, entre pitos y flautas, consideraba que ya había perdido un par de años de mi vida si sumábamos el anterior el que me dedicaba a examinarme una y otra vez de aquellas malditas asignaturas de Preu. Lo que era seguro es que los que habían sido amigos y compañeros de colegio estaban empezando ya tercer curso y que yo, sin embargo, me disponía a empezar una nueva carrera universitaria. Estaba perdiendo puestos en la carrera ciclista de la vida y decidí tomar precauciones.
Uno de mis principales enemigos ha sido la dificultad que siempre he tenido para madrugar. Sigo teniéndola todavía, y estoy convencido de que ese factor ha marcado en alguna que otra ocasión mi propia existencia en aspectos laborales y personales de enorme importancia. Levantarme a golpe de despertador ha supuesto siempre uno de mis problemas más constantes. Consciente de esa carencia, tenía que inventar necesariamente un sistema que me predispusiera y facilitara levantarme temprano con una motivación añadida para luego acudir a la nueva Facultad, y, de esta manera, no perder clases. Y la posible solución la encontré inscribiéndome en un gimnasio para recibir clases de karate.
Tal vez esto sea una de las cosas más pintorescas que he hecho a lo largo de toda mi vida, y desde luego, puedo asegurar que el remedio funcionó bien al menos durante algunos meses. Yo, ciertamente, no puedo considerarme como una persona que haya practicado demasiado deporte, a diferencia de mi propio padre. Sin embargo, creo haber tenido un cuerpo dotado de una notable flexibilidad y reflejos, que si hubiera sido entrenado de manera conveniente, me hubiera permitido ciertas posibilidades, incluso las que hubieran tenido un ámbito de expresión en el propio teatro. Siempre he sospechado que si hubiera nacido en Italia, por ejemplo, podría haberme especializado en encarnar el personaje de “Pantalone”, de la Comedia dell´arte, o que, si hubiera tenido más perseverancia, hubiera podido llegar a ser un buen jugador de tenis de mesa. (Aunque esto último sí que lo fui, en unos términos relativos).
El karate me atraía por dos razones. La primera porque podía ser una buena manera de asegurar mi propia integridad, lo cual desde luego no era ninguna bobada atendiendo a mi estatura y a mi falta de fortaleza física. Y la segunda, porque lo oriental, un poco en abstracto, tenía entonces para mí un cierto interés. De hecho ya me había comprado algún que otro libro divulgativo sobre el tema, y durante los veraneos en Torredembarra aprovechaba el tiempo para aporrear una columna de la terraza de nuestro pequeño apartamento familiar que había revestido previamente con un almohadilla de pajas y que tenía un nombre técnico que se me ha olvidado por completo, con la esperanza de endurecer mis nudillos.
Me matriculé en un gimnasio cerca de nuestra casa y me compré el correspondiente kimono. Todas las mañanas acudía con puntualidad a aquel lugar, me vestía ritualmente, y me adentraba en un mundo que desconocía por completo y que estaba constituido por una grandes dosis de competitividad masculina y un persistente olor a axila. Pero aguanté un tiempo. Justo hasta el día en que nuestro profesor decidió enfrenarnos en parejas. La persona que me tocó en suerte decidió no atender a mis deseos, y comenzó a propinarme una catarata de patadas y tortazos que sirvieron para hacerme cambiar inmediatamente de expectativas.
Aquí se acabó mi prometedora carrera de karateca.
Mi patria es mi infancia. "Contra Franco vivíamos mejor" (2)
Y si esto estaba pasando en el exterior, dentro de mí, y coincidiendo admirablemente con estos hechos, se produce igualmente una revolución. Estos cinco años que vienen a continuación supusieron, además de otras cosas no menos importantes desde una óptica subjetiva, la toma de conciencia de esa realidad exterior, tanto en su ámbito nacional como en el internacional, y, consecuentemente, un posicionamiento humano, espiritual y cívico. En este sentido, no solo fue la muerte del dictador español lo que iba producir esta perturbación, sino que otros acontecimientos actuaron como un poderoso revulsivo: la llegada al poder en Chile de Augusto Pinochet, derrocando en un cruento golpe de estado a Salvador Allende, los últimos fusilamientos del franquismo con la conmoción en el interior de España y en el resto del mundo que provocaron, y la entrada en contacto con otras personas en el ámbito de la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, que me daban cien vueltas en rigor y preparación intelectual y política, las que me iban a dar un empujón hacia quien esencialmente todavía sigo siendo. Pero, paralelamente a esta toma de posición, se produce en mí, en este periodo, otro gran cambio. Un cambio que básicamente consiste en querer la vida en sí misma, en vivirla con la inmensa alegría de sentirme profundamente vivo, explorando los caminos y los límites que este inexplicable don nos presenta, a pesar de las penalidades propias y ajenas. Política, en un sentido amplio de la palabra, y placer, como actitud filosófica, se unen desde ese momento en mi interior, en una mezcla fraterna que aún perdura y que supongo me acompañará, aunque tal vez vaya evolucionando hacia la nostalgia, todo el resto de mi vida. Precisamente por eso, el teatro, con esa dualidad interior que lo caracteriza desde la noche de los tiempos, representó para mí la vía de unión, el pegamento que hizo compatible lo aparentemente incompatible. Porque, a partir de ese momento, he conocido a demasiadas personas que, participando de ese espíritu solidario y comprometido con el mundo, tienen una cara de amargura que me ha repelido siempre. Y por el contrario, y en justa reciprocidad, he conocido a muchas otras personas “alegres”, que basan esa alegría en un alejamiento sistemático de la realidad, imbuidas en una burbuja de estupidez y banalidad. Todo esto me iba a suceder mientras el Presidente del Gobierno, Carrero Blanco, volaba por los aires en Madrid, asesinado en un tremendo atentado de ETA, Franco agonizaba, el Rey planeaba un proceso de transición democrática que muy pocos esperaban, y Santiago Carrillo, Secretario General de mi Partido, atravesaba la frontera francesa disfrazado con una peluca que hace solo unos años contemplaba asombrado Arthur Miller, horas antes de recoger el Premio Príncipe de Asturias, junto a Woody Allen, en una ceremonia que ya nos terminaba de homologar como una sociedad europea y democrática. Una sociedad impensable en el momento en que decidí abandonar mis estudios de Derecho y pasarme al edificio de al lado para comenzar Filosofía y Letras. Todas esta cosas me pasaron a comienzo de los años setenta.Mi patria es mi infancia. "Contra Franco vivíamos mejor "(1).

¡Cuántas carreras y cuántos porrazos, pero qué divertido resultaba todo! Fernando Savater.
España iba a cambiar y yo también Se iba a morir Franco y empezaríamos a ser un país normal. Es decir: europeo, democrático, aburrido. Bendito aburrimiento... Alguien dijo que la libertad sólo se nota cuando no se tiene o cuando se pierde. “¿Libertad, para qué?”, se preguntaba Lenin, adelantándose a su modo a este tipo de reflexiones que solo pueden hacerse precisamente... en libertad.
A partir de este periodo de mi vida y de la de este país, me di cuenta de todo lo que encerraba en su interior la palabra libertad (con su erre temblorosa, como dice el bello poema de Angel González...), y de lo que había significado, en realidad, vivir siempre sin ella, aunque yo no me diera cuenta exactamente de esta carencia. Se murió Franco… Una muerte esperpéntica, tragicómica en sus últimos episodios, por lo que hemos sabido muchos años más tarde, que en sí misma debería habernos conmovido a todos los españoles, pero que para una gran parte, entre los que me encuentro incluido, fue una buena razón para abrir unas cuantas botellas de champagne. Seguramente es la última vez en mi vida en donde sentí una profunda alegría por la muerte de un ser humano. No me arrepiento todavía de haberla sentido.
En la historia del siglo XX español hay un antes y un después, marcado por esa madrugada del 20 de Noviembre de 1975. En mi vida hay dos: la muerte de Franco y, naturalmente, el nacimiento de mi hijo. A partir de aquella madrugada terminaron muchas cosas y comenzaron otras, a pesar de que hay cosas que nunca se acaban del todo. En mi memoria no podrá dejar de haber un rincón para el resentimiento. No puedo perdonar que nos apartaran del camino europeo, interrumpiendo una próspera y esperanzadora tradición intelectual republicana, que muchos españoles se tuvieran que marchar, esparciendo su sabiduría por el resto del mundo, pero privándonos de ella a sus propios compatriotas, que la muerte, el fusilamiento, el horror y la cárcel, fueran dejando paso a la mediocridad y a la ignominia, en un país exento de la posibilidad de expresarse y crecer.
Vivir bajo el franquismo era como ir siempre con los calcetines sucios, escribió Manolo Vázquez Montalbán, definiendo a la perfección toda esa miseria material, intelectual y ética que representa ese militar gallego, emblema de una mediocridad muy generalizada, que la burguesía española aupó al poder para combatir la expansión de una clase obrera seguramente mal liderada por una izquierda que no calculó sus propias fuerzas y que, sin duda, contribuyó a dinamitar la incipiente e imperfecta democracia establecida el 14 de abril de 1931. Pero esta miopía de los partidos obreros que propugnaban un confuso ideal de progreso, equivocando frecuentemente su estrategia, y que tenía torpemente dirigida su mirada hacia la Unión Soviética, como supuesto modelo de perfección social, no justifica moralmente el alzamiento en armas de un ejército contra todo un país que se había dado a sí mismo una forma de legalidad republicana a través de un proceso de transición milagrosamente pacífico. Haro Tecglen ha escrito: “Se dice que la República fue imposible, y el resultado parece probarlo. Sin embargo, no era una imposibilidad en sí misma o en su elaboración intelectual, sino solamente en relación con la fuerza de sus adversarios y con un clima europeo que oscilaba entre el fascismo y el conservadurismo pactante con él”. Así veo yo las cosas en un momento en que parte de la historiografía moderna busca razones para justificar lo que me sigue pareciendo injustificable.
