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Resumen

01/06/2008

Empezar a ser lo que soy (2) Beber.

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De aquel grupo la persona que más se distinguía por intentar transgredir normas y límites era Luis C., curiosamente aquel chico que hacía de pequeño concursos de sabiduría por la ventana de la casa de San Ignacio de Loyola. Le gustaba no sólo la bebida, con la que también llegó a tener algún que otro problema, sino otras drogas más complejas. Que yo sepa, la marihuana y el LSD. Reconozco que la presencia de Luis, o lo que él significaba, me producía un punto de terror, me hacía ver un estadio peligroso al que yo no quería llegar. Era una especie de Jim Morrison –tocaba muy bien el piano-, y cultivaba una imagen de malditismo que me parece que fue perdiendo paulatinamente. A veces me lo encuentro paseando con Begoña, otra de “las vascas”, con las que convive desde entonces. Su aspecto físico sigue siendo el mismo, pero ahora me produce una tierna imagen de hombre maduro, conservador y precavido.

 

La marihuana no me ha interesado nunca. Supongo que, en gran medida, porque jamás he conseguido, ni tampoco he intentado, tragarme el humo de los simples cigarrillos. No sólo durante esos años he visto a mi alrededor fumarse unos enormes canutos, sino en casi todas las épocas. Lo supe después, pero en uno de mis matrimonios, la mujer con la que estuve casado tenía instaladas en los balcones de nuestra casa, que daban a una céntrica calle de Zaragoza, unas enormes y vistosas macetas en donde cultivaba marihuana. A mí me extrañaba mucho que de ellas no salieran flores, acostumbrado a ver crecer de manera exultante y primorosa los geranios de mi madre en aquellas macetas que ella regaba amorosamente. Cuando mi mujer y yo nos separamos y se las llevó, me enteré finalmente de su naturaleza real. Si cuento esta anécdota  es para demostrar mi escaso interés por este asunto de los “porros”, a pesar de que he visto encender millones a mi lado.

 

En cuanto a otras drogas, mi interés tampoco ha sido notable, con alguna pequeña excepción. Más bien, en el contexto general de mi vida, irrelevante. Dos veces tomé cocaína, y la verdad es que su efecto fue similar al de haber esnifado polvos de talco, es decir, ninguno. Y durante un par de fines de semana me tomé un par de ácidos, o lo que fuera aquel sucedáneo del mítico LSD que nos vendían los mercachifles de la cosa. Con esos supuestos ácidos me reía mucho, debo reconocerlo, pero que después me dejaban literalmente molido y sin fuerzas para levantarme de la cama los terribles lunes.

 

Yo creo que, en el fondo, este asunto de las drogas me ha producido un profundo e irracional temor. Siempre he tenido miedo a peder total o parcialmente la consciencia y a no ser enteramente dueño de mis actos. Confieso que soy de los que se preocupan mucho por no dar esa imagen que ciertos borrachos ofrecen, cuando desconociendo los efectos que el alcohol va ocasionando en ellos, siguen actuando como si tal cosa. Lo mío es pues una mezcla de temor y pudor a partes iguales. Esa sensación ya comencé a notarla en aquellas noches compartidas con nuestras amigas “las vascas”, en donde, por el contrario, me deleité infinitas veces con la euforia inteligente y vital que un par de buenas copas, ingeridas en buena compañía, provocan en los seres humanos.

 

Con “las vascas” todo fue bien, a lo largo de los años que duró nuestra lúdica y estimulante relación, hasta que empezamos a enamorarnos de ellas, o hasta que la relación de amistad comenzó a transformarse en otra cosa. Como siempre suele pasar, ahí empezaron a nacer las disputas, las incomprensiones y los desengaños. Y también esas rencillas, incluso entre el grupo de chicos, que provocan siempre los celos y las rivalidades. Pero hasta que esto ocurrió, la vida fue extraordinariamente generosa con todos nosotros, y nos obsequió con muchas horas de inteligentes y fructíferas carcajadas compartidas.

 

01/06/2008 11:49 Autor: Roberto Zucco. #. Tema: Mi patria es mi infancia Hay 1 comentario.

05/06/2008

Empezar a ser lo que soy (3) La elección de la especialidad

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Por aquellos años, la carrera de Filosofía y Letras se dividía en dos grandes fases: los dos cursos llamados “comunes”, que eran los dos primeros, y la especialidad, que abarcaba los tres últimos. La idea era que los primeros años proporcionaban una cierta cultura general y los tres últimos formaban ya en una disciplina o conjunto de disciplinas más específicas. Creo que ahora ocurre exactamente lo contrario, y supongo que el resultado será más o menos igual. Yo a estas alturas de mi vida desconfío absolutamente de todos los planes de estudios y creo que es la voluntad de estudiar, o mejor dicho, de aprender, y la sabiduría de los maestros para transmitir adecuadamente sus conocimientos (si los hubiere, naturalmente), los factores que, combinados en su justa proporción, realmente terminan capacitando personal y profesionalmente a las personas, “a pesar” de los planes.

Sea como fuere, a lo largo de todo este segundo curso fui concretando mi futura vocación universitaria hacia el estudio de la Lengua y la Literatura españolas. Yo creo que esto se debía a que en el fondo si la elegía estaba siguiendo un poco lo que ya realmente hacía de una manera bastante sistematizada: leer. Y eso, en principio, no parecía demasiado complicado. Por aquellos años no existía ninguna especialidad en Zaragoza que fuera en esa dirección, aunque algunos más tarde si fue posible hacerlo. Me salvé por los pelos, pues, porque yo lo que quería era intentar la aventura de la fuga. ¿Pero, de verdad quería eso una persona acostumbrada como yo a vivir instalado en el confort de su minúsculo núcleo familiar?

Un poco sí, y un poco no. Reconozco que quería era volar a mi aire, sin demasiada presión académica, aunque me costaba un gran esfuerzo dejar a mis padres, el paisaje de mis amistades y las tentaciones habituales de la noche en Zaragoza. En fin, sea como fuere, al acabar el curso eché todas las instancias necesarias para inscribirme en Madrid y Barcelona en las especialidades de Filología Hispánica, y creo que también de Historia Contemporánea. Debo aclarar que al término de este segundo curso mi expediente seguía siendo muy bueno, incluso excelente, dado que no había perdido mi capacidad para interesarme de verdad por algunas asignaturas, y copiar en las que ya sabemos. Por eso obtuve un resultado abrumador: me admitieron en todas las facultades solicitadas, pudiendo elegir ciudad, carrera y hasta residencia en varios colegios mayores universitarios. De entre todos los posibles, y ya elegida la opción de Barcelona, elegí el San Raimundo de Peñafort, en donde estaban alojados unos cuantos antiguos compañeros de colegio y del que tenía bastante buenas referencias.

Todas estas gestiones las hice una mañana acompañado de mi padre. Ambos siempre hemos recordado como si fuera ayer, cuando sentados en un velador del “Café Estudiantil”, en la Plaza Universidad, delante del magnífico edificio, rellené las instancias para matricularme en Filología. He pasado cientos de veces por aquel lugar, y no ha habido una sola que no haya recordado esa mezcla de ilusión e incertidumbre que, estoy seguro, el incierto futuro lejos de casa de un chico de veinte años, lleno de dudas y poseedor de alguna que otra certeza, que, al final iba a separarse de su familia y su ciudad.

 

Y llegó el día señalado. No recuerdo la razón pero sí algunas de las personas que me acompañaron a aquel TALGO que, si no surgía ninguna extraña novedad, me iba alejar de Zaragoza hasta las próximas navidades. Allí estaban, naturalmente, mis padres, y creo que Gerardo Z. y Chuchi. Como libro de cabecera para el largo trayecto de más de cinco horas llevaba “Anatomía del realismo”, de Alfonso Sastre. El tren se puso en marcha y mi familia y mis amigos quedaron en el andén de la estación de “El Portillo” que, por cierto, no existe desde hace muy pocos meses y en cuya cafetería nos habíamos corrido durante los últimos años unas juergas tremendas, pues no cerraba en toda la noche.

05/06/2008 03:44 Autor: Roberto Zucco. #. Tema: Mi patria es mi infancia Hay 4 comentarios.

21/06/2008

Empezar a ser lo que soy (y 4) El regreso anticipado.

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“Anatomía del realismo...” Los kilómetros van pasando, y los diferentes paisajes se amontonan en mi retina. Entre página y página recordaría las muchas veces en que acompañado de mis padres nos dirigíamos en trenes mucho más lentos rumbo a Torredembarra para pasar el preceptivo mes de vacaciones. Recordaría también lo mucho que atrás dejaba: amigos, cariño, compañía, mi cuarto, mi abuela Carmen, las juergas... Pensaría también en la inmensidad de Barcelona, los nuevos ámbitos en los que mi vida personal y universitaria iba a desarrollarse a partir de ahora, etc. Me recuerdo imbuido en una especie de extraña desolación, porque la balanza se iba inclinando extrañamente hacia atrás, es decir, hacia las ventajas y placeres conocidos en detrimento de los que se supone que iba a conocer.

 

A las puertas de la ciudad, el tren discurría por unas poblaciones obreras, en donde el gris de las paredes y las fábricas todo lo presidía. Era, me parecía, el espectáculo de la explotación, tal y como yo me lo imaginaba tras mis primeras lecturas marxistas. En concreto, al lado derecho de nuestra trayectoria, había una fábrica de productos químicos que lucía en su frontal la fórmula química S O4 H2 que, por esas curiosas asociaciones mentales que siempre me han torturado un poco, acabó por derrumbarme. Pero ya casi había llegado a Barcelona y me confirmaba como un emigrante académico.

 

El Colegio Mayor San Raimundo de Peñafort estaba situado al final de la Avenida de La Diagonal, justo enfrente del Palau de Pedralbes. Era un edificio funcional de ladrillo rojo situado al lado de otro, exactamente igual, en el que residían las chicas. Yo entré con una cierta preocupación, porque mis amigos me habían hablado con bastante crudeza de las llamadas “novatadas”, que, como todo el mundo sabe, son una especie de bromas fortísimas que los miembros residentes más antiguos tenían derecho a hacerles a los que acababan de ingresar, siguiendo el dudoso ejemplo de los cuarteles militares. Y yo, la verdad, estaba realmente asustado.

 

En efecto. Después de cumplimentar mi inscripción, pude darme cuenta de que el ambiente aquella noche era francamente peligroso. Se oían gritos y voces, y patrullas de universitarios con experiencia recorrían pasillos y estancias en busca de víctimas potenciales como yo. Por eso, tuve que reaccionar rápidamente. Dije a los pocos que me crucé que me encontraba muy enfermo y me metí en la cama a esperar acontecimientos.

 

Entre las sábanas, recordé nuevamente a mis seres queridos e hice un nuevo viaje imaginario en tren hasta donde yo me encontraba, falsamente enfermo y atemorizado. Aquel S O4 H2... Siempre asociaré la fórmula del ácido sulfúrico a la decisión que en ese momento tomé: me volvía a Zaragoza.

 

No ha sido la única vez en mi vida que he tomado decisiones radicales e imprevisibles. No tengo la conciencia de que éstas, tomadas por impulsos del corazón, hayan obtenido resultados peores que las tomadas después de una supuesta larguísima y sesuda meditación sobre sus pros y sus contras. Me maravillan esas personas que “se toman un tiempo para pensar las cosas...” ¿Cómo se pueden “pensar las cosas”? ¿Hay que irse a un rincón, alejarse de las personas y ponerse a pensar? Yo, con mucha frecuencia, cuando he tenido que “pensar las cosas”, he dejado sencillamente que pasara el tiempo y “las cosas se pensaran solas”, o, como en esta ocasión, he dejado que mi intuición fuera el faro que me guiara en mitad de las tinieblas. No quiero decir que estos procedimientos sean infalibles, ni mucho menos, y, sin duda, no son aplicables a todas las decisiones importantes, pero me molesta cuando alguien desdeña mi método tildándolo apresuradamente de irreflexivo. Peter Brook dice, con razón, que “las decisiones no se toman: brotan cuando se abre paso a través de las nubes de nuestros anhelos algo más esencial que nuestras propias ideas”.

 

Lo cierto es que la decisión estaba tomada y bien tomada, poniendo fin a un sueño y a un esfuerzo que me había tenido preso durante mucho tiempo. Seguramente esta decisión iba a costar dinero, o a que el ya gastado no surtiera el efecto que se le suponía, pero me sentía feliz y seguro de haberla tomado. Respiré relajadamente porque pensé que finalmente había acertado. Hoy, más de treinta años después, también lo creo. Aquella mañana en que amanecí entero, puesto que mi truco de fingirme enfermo había funcionado a la perfección, me dirigí a la Universidad y allí entablé los contactos necesarios y realicé los trámites precisos para estudiar la especialidad de Filología desde Zaragoza, manteniendo, sin embargo, mi matrícula como alumno oficial. Es decir, iría a Barcelona a examinarme de cada asignatura y en los momentos en que fuera necesario, pero residiría en Zaragoza, en donde enseguida pensé en matricularme en alguna otra disciplina.

Y así lo hice. Con una cierta habilidad, contacté con varias personas –chicas en su mayoría-, que iban a informarme de estas eventualidades académicas, y cogí, al día siguiente de mi marcha, el tren de regreso. Al llegar, no desaproveché la oportunidad de gastarle una broma a mis padres. Desde la cabina telefónica de abajo, hablé con mi madre para decirle que ya estaba perfectamente instalado, que le iría llamando todas las semanas, y que previsiblemente la próxima vez que nos íbamos a reunir sería en navidades...

 

La cara de sorpresa de mi madre cuando, pasados apenas cinco minutos de aquella despedida, me abrió la puerta, fue digna de la protagonista de una superproducción de Hollywood.

21/06/2008 18:10 Autor: Roberto Zucco. #. Tema: Mi patria es mi infancia Hay 6 comentarios.


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